Perú: Reflexionando una experiencia histórica

Revisando los fundamentos ideológicos de Sendero Luminoso

Jerónimo Ríos Sierra
Publicado en mayo 2018 en La Migraña 26
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I. Introducción

Sendero Luminoso fue, posiblemente, la guerrilla latinoamericana más violenta de todo el pasado siglo XX, y una de las más ortodoxas en cuanto a sus planteamientos ideológicos. De hecho, en el imaginario colectivo, entre quienes lo conocen o recuerdan, aparecen imágenes más propias de la ciencia ficción: imágenes coloridas que entremezclan la costumbre incaica con el maoísmo personificado en un culto mesiánico en torno a su fundador, Abimael Guzmán. Perros colgados de postes de la luz en Lima con el rótulo “Muerte a Teng Siao-Ping” o trajes blancos a rayas negras para los dirigentes capturados en septiembre de 1992, y en donde incluso, su líder, era presentado a los medios, en lo que se denominó “la captura del siglo”, en el interior de una jaula.

A pesar de lo atractivo, incluso exótico de lo anterior, poco se ha reflexionado en el mundo hispanoamericano respecto a la profundidad ideológica, organizativa o territorial que acompañó a Sendero Luminoso, especialmente, desde los años 70 y hasta 1992. Es decir, más allá de Perú, en donde destaca la prolífica y muy valiosa labor del Instituto de Estudios Peruanos – IEP, entre quienes destacó Carlos Iván Degregori, así otros autores de imprescindible referencia como Gustavo Gorriti o Gonzalo Portocarrero, entre muchos, al mundo hispano Sendero Luminoso ha llegado, sobre todo, a través de la literatura de Mario Vargas Llosa (i.e. Lituma en los Andes, 1993) o Santiago Roncagliolo (i.e. Abril rojo, 2006) una literatura en la que, incluso, Sendero Luminoso tiende a aparecer omnipresentemente en todas las obras, si bien, a la vez, presentado como algo oculto, al acecho, sin representación tangible para el lector.

Es por esto que las siguientes páginas, aunque de un modo sintético, que no menos profundo, invitan a reflexionar y abordar algunos de los aspectos tan distintivos como particulares de un grupo armado responsable, según la Comisión de la Verdad y la Reincorporación – CVR (2003), de más de treinta mil víctimas mortales en la historia reciente de Perú.

II. La importancia de la ruptura
sino-soviética

Uno de los puntos de partida para Sendero Luminoso, pero también para un nutrido cuerpo de grupos guerrilleros en América Latina, es la ruptura de la estrecha relación entre Moscú y Pekín. Ya en el marco del vigésimo Congreso del Partido Comunista Chino conviene recordar que Krushev se desmarcó de Stalin ―a quien tildó de dictador del terror― lo cual, en China, para quien Stalin era heredero directo del fundamento de Marx y Engels y a su vez, inspirador de Mao Tse-Tung, aquello resultaba inaceptable. A ello hay que sumar las diferencias respecto a cómo se intervino en Hungría en la revolución de 1956, el cobro del material de guerra ruso proporcionado a China con motivo de la guerra de Corea o la falta de transferencia tecnológica para la creación de la bomba nuclear, tal y como había prometido la Unión Soviética–URSS a China. Asimismo, la misma URSS retiraba su apoyo en materia de inteligencia toda vez que China respaldaba la revolución albanesa de Enver Hoxha. El punto de inflexión de la ruptura sería el apoyo de Moscú a India en su particular guerra con los chinos, en el año 1962. Es decir, esta suma de acontecimientos desembocaría en la ruptura de sus relaciones, de modo que a Perú llegaba en enero de 1964, cuando el Partido Comunista del Perú (PCP) pasaba a escindirse entre prosoviéticos (PCP–Patria Roja) y prochinos (PCP–Bandera Roja).

Sendero Luminoso, por ende, no es más que resultado del PCP-BR que en 1964 interpretaba que la dualidad inserta en la Guerra Fría capitalismo/comunismo integraba una fractura, si cabe más importante, la de abajo/arriba, por la cual, la URSS, como Estados Unidos, hacían parte del Primer Mundo ajeno a las necesidades de Perú. Así, ante una necesidad de lucha anti-feudal y anti-imperialista, lo que necesitaba Perú solo podía lograrse emulando lo acontecido en China. Esto, reivindicando los dos mismos activos que construirían la imagen victoriosa de Mao Tse Tung tras 1949: integrando armoniosamente campesinado y juventud.

Todo lo anterior, a su vez, se comprendía desde la convicción necesaria de crear, ex novo, un nuevo partido comunista que contaba con el apoyo mismo de Pekín, avalado por el propio Deng Xiao Ping, y que hacía valer la necesidad de una vía rupturista, campesina y armada, manifiesta en 1963. El resultado de esto era el partido bautizado como Bandera Roja, el cual expulsaría de la IV Conferencia del PCP a todos aquellos que no se adhiriesen a la razón maoísta.

III. Un olvidado lugar en el mapa: Ayacucho

Ni la aparición ni los fundamentos de Sendero Luminoso, o hasta 1970, Bandera Roja, no se entienden si no se mira con especial atención lo acontecido en Ayacucho. En esa ciudad, por 1964, se encontraba ya Abimael Guzmán. Un profesor de filosofía en la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga – UNSCH que va a reorganizar el Comité Regional del PCP desde inicios de 1963 sobre la base de dos tesis aceptadas por el propio Guzmán (2015): la necesidad de asumir la violencia revolucionaria como medio para llegar al poder y, antes, la necesidad de constituir un partido estrictamente revolucionario.

El liderazgo de Guzmán en el Comité Regional del PCP, desde 1964, como se señalaba, PCP-BR, coincide con su visibilidad creciente en la UNSCH. Esto, en buena parte, por la llegada a la rectoría de Efraín Morote Best. Un rector que no dudó en politizar la universidad, apoyado por los profesores y el Frente Estudiantil Revolucionario, y que tornó en rojo monocolor el pensamiento de la UNSCH. Una universidad marcadamente teñida de la impronta maoísta y conectada con otras bases organizativas que abanderaban la lucha armada y la revolución, como el aún vigente hoy en día Frente de Defensa del Pueblo de Ayacucho – FDPA (Jara, 2017).

En un contexto de creciente polaridad social y politización educativa, como son los años sesenta, la figura de Guzmán empieza a ganar peso específico, sobre todo, por lo que se conoció como la Facción Roja, conformada por correligionarios del líder maoísta y desde la que empieza a tejer la construcción de bases ideologizadas y de apoyo para revertir el sistema feudal e imperialista que acontecía en Ayacucho. Ello, además, en la medida que conocerá de primera mano el sentido de la revolución maoísta, a partir de dos viajes a Pekín (1965 y 1967).

De aquellos viajes, como reconoce Guzmán (2015), quedarán lecturas sobre el sistema internacional, la creación de un partido revolucionario, la integración de legalidad con clandestinidad o la necesidad de hacer valer en su máxima expresión el valor de combinar todas las formas de lucha. Igualmente, el alcance la guerra popular, la logística de la violencia, la importancia de la revolución cultural y la lucha contra el burocratismo marcarían una huella imborrable en el pensamiento de Abimael Guzmán.

Y es que, es a partir, sobre todo, de 1967, cuando al interior de la Facción Roja controlada por Abimael Guzmán en Ayacucho, no hay duda de que cualquier atisbo revolucionario pasa por llevar a ese olvidado lugar en el mapa y la historia de Perú, los fundamentos de la experiencia china. Esto, porque si la China prerrevolucionaria de los años cuarenta era una estructura semifeudal y servil en favor de los terratenientes, poco tenía que envidiar Perú. De esta manera lo había expuesto, casi cuatro décadas atrás, uno de los referentes ideológicos del naciente Sendero: José Carlos Mariátegui.

Sin embargo, lo cierto es que aquello habría que interpretarlo con matices, en tanto y en cuanto en Perú, bajo los años de mandato de la Junta Militar, y concretamente del General Velasco, ya se había experimentado una importante reforma agraria y un avance considerable en los mínimos de calidad de vida de la población, especialmente campesina. En cualquier caso, eso terminaba siendo obviado para un Guzmán convencido de que la violencia era la única vía, como reconoce Degregori (1990: 23), “para que Indio comenza(ra) a dejar de ser sinónimo de siervo”. Algo que empezará a madurarse, especialmente, desde 1970, cuando se consuma un segundo proceso de fractura maoísta y surge, ahí sí, el PCP-SL.

IV. La revolución de los manuales

Un elemento clave es algo que, en su momento, un bueno conocedor de la realidad ayacuchana como es Degregori (2015) definió como la “revolución de los manuales”, fruto de la llegada a Perú de millones de artículos impresos con textos básicos, con un lenguaje sencillo y dogmático, provenientes del marxismo clásico.

Estos textos proliferan por doquier en la década de los sesenta y los setenta, sirviendo de instrumento divulgativo de visiones holísticas propias del marxismo, los cuales invitaban a la tan fácil como automática extrapolación al contexto peruano. Los destinatarios de estos manuales eran miles de jóvenes que hacían parte de la generación más formada de la historia de Perú. Una generación, además, con la experiencia reciente de lo que el feudalismo y el imperialismo habían supuesto para sus padres, madres y abuelos.

Asimismo, estos textos ofrecían lecturas simples pues, de acuerdo con Zapata (2017: 53): “la verdad debía ser simple para poder ser comprendida y, además, debía proporcionar coherencia, una visión del mundo alternativa y completa. Ese papel se le asignó al marxismo-leninismo-maoísmo y en Ayacucho se concretó en un pequeño partido altamente cohesionado en torno a su líder”.

A lo anterior contribuiría la difusión de la propaganda maoísta a través de revistas como Pekín Informa, en la que se podía encontrar los avances más importantes de la revolución china, aparte de las bonanzas del socialismo maoísta y las explicaciones justificadores de por qué en Perú era necesario emular lo acontecido en el lejano vecino asiático. Por ejemplo, a Perú llegarían, también, con un importante éxito en cuanto a su distribución, las obras escogidas de Mao en cuatro volúmenes, a lo que se sumaban innumerables panfletos de propaganda china respecto de las cinco tesis de Mao. Todos estos textos, aparte, enmarcados en una estética costumbrista que imbricaba agrarismo, tradición milenaria o revolución maoísta con el fin de reforzar así los vínculos identitarios.

La universidad pública peruana, especialmente en las regiones más abandonadas del país, y muy particularmente en Ayacucho, terminarían siendo perfectas destinatarias de todo lo anterior. Un fenómeno inscrito, por seguir al propio Degregori (2011), en lo que éste denominó como la “red educativa”. Es decir, el marxismo pedagogizado tendría especial lectura y representación en las facultades de Educación y en los colegios pedagógicos, los cuales terminaron sirviendo de perfectos vehiculizadores del maoísmo, más si cabe, gracias a contextos convulsos como la propia ciudad de Ayacucho durante los años sesenta. Esto, por el importante valor que para sustantivar la lucha armada propició el hecho de limitar, a finales de los sesenta, el derecho a la educación y la gratuidad de la misma. Una punta de lanza que para el campesinado ayacuchano no era sino la máxima expresión de cómo el feudalismo limeño cercenaba sus ya de por sí escasas posibilidades de ascenso social (Ríos y Sánchez, 2018).

V. La idea crítica del Perú

Algo que conecta a la perfección con lo sostenido hasta el momento como cimientos ideológicos de lo que será Sendero Luminoso es la noción de “idea crítica del Perú”, sostenida por Portocarrero y Oliart (1989), y por la cual se presta especial atención a cómo se interpretaba el sentido histórico de Perú a través de la educación en las escuelas. De este modo, hasta los años sesenta predomina una idea determinista por la cual el país se dirigía, casi indefectiblemente, hacia un mestizaje occidentalizador por el cual el Estado contribuiría a terminar su labor civilizadora con respecto a la sociedad.

Sensu contrario, a partir de los sesenta esta lectura cambia y empieza a construirse la convicción de que la historia de Perú es una historia de derrotas, despojos y frustraciones. El expolio colonial, la derrota de Túpac Amaru, el olvido de las elites criollas del siglo XIX en la conformación de la nación o la derrota en la Guerra del Pacífico eran, todas, expresiones de un mismo mal: un derrotismo en donde los perdedores eran siempre los mismos. Y esos mismos perdedores solo podían recuperar su sitio en la Historia a través de una lucha por la igualdad y la justicia social que, bajo ningún concepto, podía ser pacífica.

Buena muestra del giro histórico, que suponía esta idea crítica del Perú, se recoge a la perfección, en una versión tan radical como extrema, como es la obra de Antonio Díaz. Al igual que Abimael Guzmán, profesor en la UNSCH, éste publicó en 1969 un libro con el título, Ayacucho, hambre y esperanza, y que, reeditado en 1985, integra interesantes elementos para el análisis ideológico de Sendero Luminoso. Para Díaz, Perú, desde finales del siglo XIX, se ha encontrado subyugado a una suerte de capitalismo burocrático por el cual las elites feudales del país han diseñado mecanismos para aliarse con el Estado y, así, consolidar y mercantilizar su relación de poder con la mayoría de la sociedad. Expresado de otro modo, desde finales del siglo XIX, más que nunca, Estado y terratenientes tendrían sellada una alianza erigida desde dos pilares indisociables entre sí: el gamonalismo y la servidumbre.

Esto conectaría, ya en el siglo XX, con el proceso de industrialización por sustitución de importaciones adelantado en los cincuentas y que dejó consigo un ingente éxodo rural, a su vez, traducido en mayores cuotas de concentración de poder del gamonalismo. Un gamonalismo que, expropiando, acumulando y desposeyendo al campesinado, consolidó sus redes de dominación. Es aquí donde la interpretación senderista de la reforma agraria de Velasco cobra importancia, al entenderse para Sendero Luminoso que, lejos de visibilizar a los olvidados, lo que se buscó en todo momento fue contener y evitar cualquier atisbo de lucha campesina. Lo mismo, tanto en la primera legislación agraria de Pérez Godoy (1963), como en las posteriores de Belaúnde (1964) y Velasco (1968). Ello, por tratarse únicamente, de sutiles mecanismos de cooptación y alienación de las masas campesinas a partir de pequeñas reformas alentadas en aparentar un cambio para que, en el fondo, todo siga igual. Grandes masas campesinas sometidas al gamonalismo de las elites y al imperialismo, ya fuese proveniente de Estados Unidos o la Unión Soviética.

VI. Liderazgo mesiánico y triángulo amoroso en la dirección de Sendero Luminoso

Desde Bandera Roja y, sobre todo, a partir de 1970, con la creación oficial del PCP-SL, no hay duda alguna de que el referente guía de la revolución y del pensamiento revolucionario, la lucha armada y la organización partidista es Abimael Guzmán. Desde 1970 y hasta 1983 el fundamento ideológico de Sendero es el marxismo-leninismo-Pensamiento Mao Tse Tung. Sin embargo, a partir de ese momento se eleva el maoísmo a la misma categoría que el marxismo y el leninismo, de modo que la base teórica, ya inalterable durante toda la década de los ochenta, como perfectamente recoge Gorriti (1988), será el marxismo-leninismo-maoísmo-Pensamiento Gonzalo.

Lo anterior supone la superación del pensamiento de Mariátegui y la asimilación del “Pensamiento Gonzalo” a la interpretación de la revolución de Mao Tse Tung, lo cual implica llevar a Abimael Guzmán a ser la “cuarta espada del comunismo” (Roncagliolo, 2007). Todo ello quedaría robustecido, a partir de 1988, cuando se sofocan algunas lecturas “revisionistas” de la teorización de Guzmán al interior de Sendero Luminoso y, además, fallece en muy extrañas circunstancias, la que hasta entonces había sido su mujer y número dos del grupo armado: Augusta La Torre, la “Camarada Norah”.

La Torre sabía quechua, conocía perfectamente la identidad y la cosmovisión local ayacuchana y fue quien acuñó y popularizó la idea de “Pensamiento Gonzalo” que, como se señalaba recientemente, elevaba a la categoría de cuarta espada del comunismo a Guzmán. Idénticamente, y como reconoce el propio Guzmán (2009: 348), La Torre extiende y hace valer las otras nociones de “pensamiento guía (y), después, “aprender del Presidente Gonzalo y muchas más”. De hecho, cuando a inicios de la década de los setenta a Guzmán le detectan un exceso de glóbulos rojos que le impedían vivir en la sierra andina, es La Torre quien asume la dirección en la vanguardia táctica con continuos viajes a Huamanga, Cangallo, Chuschi, Vilcashuamán o el margen del río Pampa (Roncagliolo, 2007). Incluso, algunos como Jara (2017: 141) llegan a admitir que “sin ella, Guzmán habría sido solo un teórico”.

Lo cierto es que a la muerte de La Torre le sucede, en el romance con Guzmán, Elena Iparraguirre, la “Camarada Miriam”, quien convertida en número dos de Sendero Luminoso a partir de ese momento era igualmente ortodoxa con la justificación del uso de la violencia. De hecho, suyas son, según Zapata (2017: 57), las siguientes palabras:

“el dominio político de una clase privilegiada sobre las clases sociales explotadas. ¿Cómo se invierte ese orden injusto? Hay una sola vía: a través de la violencia que libera a los oprimidos, liberando a sus tiranos”. Igualmente, la Camarada Miriam continúa:

“A la gente no la captábamos porque empleábamos la violencia, eso más bien la espantaba. Por el contrario, la juventud nos seguía porque ofrecíamos la posibilidad de acabar con el causante del sufrimiento. Con nuestra lucha se terminó el tabú que impide luchar contra quien tiene el poder. También ofrecíamos una imagen del porvenir comunista de la humanidad. Una sociedad donde desaparecerán las contradicciones de clase. Empezará un desarrollo económico y social imparable, satisfaciendo las necesidades materiales de las mayorías” (Zapata, 2017: 60).

Es decir, no se trataba de buscar mejorar las condiciones del campo peruano, abandonado a su suerte durante décadas. Se trataba de vengar, de acuerdo a la lectura de la historia y la revolución que hacían los líderes senderistas, haciendo sufrir las desdichas a quienes eran responsables de dicha situación. Una situación que se articularía con base en las particularidades regionales que ofrecía Perú, en tanto que una condición necesaria de partida era la correcta caracterización del nivel local desde el que se iba a estructurar la lucha armada.

En cualquier caso, a pesar del papel protagónico en la estructuración orgánica de Sendero Luminoso que asume la mujer, quizá resulte excesivo atribuir una lectura feminista y adelantada a su tiempo el rol de la misma. Esto, en tanto que la estructura y la asignación de funciones respondieron casi siempre a una estructura patriarcal.

VII. Los organismos generados

En la operatividad del activismo senderista, Abimael Guzmán concebía la relación táctica/estrategia de acuerdo a una comprensión centro/periferia. Es decir, la táctica debía provenir de la periferia, del campo, mientras que la estrategia de conseguir el poder político por las armas no era posible si no se dirigía desde la capital limeña.

A mediados de los años setenta la cúpula dirigente de Sendero se traslada a Lima, y hace valer su distancia respecto de la interpretación prosoviética de la revolución. Ello porque mientras que la izquierda reformista y el comunismo prorruso alimentaban la idea de los “organismos naturales”, Abimael Guzmán, al contrario, reivindicaba la necesidad de “organismos generados”.

Dicho de otro modo, el comunismo soviético entendía que clase obrera y el pueblo peruano eran anteriores a cualquier partido político y, por ende, el partido político debía dirigirse a sindicatos, comunidades campesinas o movimientos vecinales con el propósito de persuadir su adhesión a la búsqueda de la hegemonía. Sendero Luminoso hacía esta interpretación al revés. Sendero no haría parte de sindicatos o confederaciones independientes o plurales, sino que, al contrario, todo el trabajo orgánico integraba su militancia con la excepción de simpatizantes que eran tratados bajo el concepto de “masa”. De ahí cobra la importancia de “generar organismos”.

He ahí que se inscribe, por ejemplo, el Movimiento Femenino Popular surgido en Ayacucho como parte de la fracción femenina, bajo el liderazgo de Augusta La Torre; el Movimiento Juvenil Popular y el Frente de Estudiantes Revolucionarios – del que proviene la consigna de “Por el luminoso sendero de Mariátegui” que dará nombre a Sendero Luminoso. Junto a mujeres y jóvenes, el tercer sector clave para la estructura orgánica de Sendero Luminoso era el campesinado de la periferia peruana y el proletariado limeño. De allí proviene tanto, el Movimiento Campesino Popular, el cual se integraba con la red educativa en aquellos escenarios rurales que debían alimentar la guerra popular, como el Movimiento de Obreros y Trabajadores Clasistas – MOTC, que a partir de 1976 actuó en los barrios populares y obreros de la capital peruana, llegando a ser protagonista de acciones armadas como el atentado del 13 de junio de 1980 en la municipalidad de San Martín de Porres.

Finalmente, no puede analizarse la estructura orgánica de Sendero sin hacer mención al Socorro Popular, común a los postulados de la internacional comunista, y desde el cual se advertía la necesidad de incluir estructuras de apoyo a quienes militaban en la primera línea de la lucha armada, ya fuese en forma de apoyo jurídico o médico y sanitario. Así, el Socorro Popular aparecía en hospitales o juzgados con el fin de prestar sus servicios de colaboración a quienes eran capturados o heridos como resultado de la lucha popular, aunque, en la deriva violenta de Sendero, y como sucedería con el MOTC, también acabaría protagonizando atentados y acciones armadas, especialmente, a partir de 1985.

VIII. De la periferia al centro

Sobre la base de todo lo anterior es que quedaba diseñada la guerra popular en la que iba a quedar sumido Perú a partir de 1980. Una guerra sobre la que el peso estratégico y nuclear se iba a representar en la sierra sur central, cuyo centro neurálgico sería Ayacucho, en concomitancia con las provincias de Apurímac y Huancavelica, desde donde tomaría sentido el que sería el comité regional más importante de Sendero Luminoso. Después, el Valle del Mantaro, conocido vulgarmente como la despensa de Lima, pasaría a ser otro bastión de la guerra popular mientras que Lima era el megáfono de sus acciones.

Sensu contrario, Sendero Luminoso se olvidaría de la zona norte, profundamente sometida al capitalismo en opinión de Guzmán, además de Cuzco, en donde, las reformas agrarias habrían persuadido irremediablemente a las masas campesinas con las falsas ilusiones de erigirse en pequeños propietarios. Incluso, los enclaves de la selva como Huallaga tampoco serían inicialmente concebidos como espacios de disputa, si bien, a partir de 1983, fruto de cómo se desarrollan los combates en la geografía nacional, pasan a ser considerados como relevantes para la lucha senderista (Gorriti, 1988).

Desde la serranía de los Andes, con base en todo lo expuesto, es que se concibe la necesidad de orientar el espíritu revolucionario de Sendero Luminoso. Un espíritu que bebía de las ideas de futuro, sacrificio, y descentralización de la aplicación práctica de la violencia. Ello, a partir de una particular noción como era “batir el campo”. Esto es, la guerra popular, sólo resultaría posible si se expulsaba del campo de acción de Ayacucho, Huancavelica y Apurímac a las autoridades estatales para, con ello, tomar el poder local. Algo que sería especialmente relevante y exitoso entre 1980 y 1982, cuando sus comités populares tomaron el poder local a costa de una inicial, pero ingente “cuota de sangre” derivada de la desproporción de la correlación de fuerzas y la falta de armas de fuego.

Empero, a Sendero le ayudará la desconfianza sobre los militares del presidente Belaúnde ―a quien destituyeron en 1968― y el hecho de que se prefiriese atribuir la lucha inicial contra Sendero a la Policía. Ello, abriría una ventana de oportunidad para la consolidación del poder local senderista, pues la policía estaba mal preparada, era precaria, y desconocía – como después el Ejército- la magnitud del enemigo al que se enfrentaba. Sea como fuere, lo cierto es que, en estos primeros compases, el Estado perdería la oportunidad de actuar sobre el momento inicial, de mayor fragilidad, en tanto que el incipiente activismo de Sendero era carente de experiencia militar y de armamento. Además, se infravaloraba la magnitud del enemigo, también por entenderse que en aquel momento la principal amenaza provenía de Ecuador, con quien había habido tensiones en Falso Pasquisha, a finales de enero de 1981.

Desde 1983, tanto policía como ejército y marina esperaron un enemigo que no encontraron. Un enemigo con supuestas conexiones internacionales, campamentos de acción y vestimenta de camuflaje. Nada de eso se dio y frente a una amenaza que parecía tener ojos y oídos en todas partes, llegarían las violaciones sistemáticas a los Derechos Humanos y los excesos de violencia hasta el punto de que, para la CVR (2003: 150), son la primera muestra de la guerra sucia a tenor de sus detenciones y desapariciones extrajudiciales, las torturas y la violencia sexual.

Sendero Luminoso sobreviviría a esta primera etapa para, tras ello, “remover el campo” y “avanzar hacia las bases de apoyo”, a mediados de los ochenta y aspirar a tomar Lima, proyectando miles de acciones sobre la capital, especialmente, entre 1988 y 1992. Las versiones serían dispares, pues, por un lado, la CVR y el EP confirman que se da como un salto hacia delante, a la desesperada, en la medida en que el apoyo de los campesinos y la Fuerza Pública empieza a mermar considerablemente sus bases de apoyo. A diferencia de esto, Guzmán e Iparraguirre sostendrían que lo anterior se entiende en aras de poner fin al balance estratégico y adelantar los tiempos de la Historia con miras a lo que debía ser la victoria final.

IX. Conclusiones

Con base en lo expuesto en estas páginas es que se puede arrojar algo de luz y entender de mejor modo qué suponía y cómo se justificaba la violencia extrema para Sendero Luminoso. Un grupo armado que, sin saberlo, acuñaba una nueva forma de luchar y atentar contra el Estado, sin focos revolucionarios, campamentos o pantalones de camuflaje. Haciendo valer la lógica maoísta, todo pasaba por fundirse con la masa campesina con un baño de sangre, que el propio Abimael cifró en un millón de muertos, sobre la base de tener ojos y oídos en todas partes.

Lo cierto de todo es que el conflicto dejaría más de 69.000 muertes, de las que casi la mitad, serían atribuibles en exclusiva a Sendero. Igualmente, estos años serían los de mayor violencia, atropellos y excesos de la historia política reciente de Perú. Una historia que entraría en una nueva página en los años noventa, una vez que llega a la Presidencia Alberto Fujimori acompañado junto a su principal estandarte, el responsable de la Inteligencia peruana, Vladimiro Montesinos.

Con todo, las más de 4.000 páginas de la CVR, aparte de los textos manuscritos de Abimael Guzmán y Elena Iparraguirre, así como los archivos regionales de los escenarios de la violencia y los testimonios de los actores involucrados, suponen una fuente aún hoy invaluable de conocimiento para en análisis de una guerrilla que, pese a todo, necesita de nuevos trabajos académicos que acompañen y visibilicen la prolija e invaluable contribución académica que tanto el IEP como cientos de académicos e investigadores, mayormente desde Perú, han llevado a cabo sobre tan fascinante objeto de estudio.

Bibliografía

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  • Degregori, C. I. (1990). El surgimiento de Sendero Luminoso en Ayacucho, 1969-1979. Lima: IEP.
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  • Degregori, C. I. (2015). Jamás tan cerca arremetió lo lejos. Lima: IEP.
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  • Vargas Llosa, M. (1993). Lituma en los Andes. Madrid: Planeta.
  • Zapata, A. (2017). La guerra senderista. Hablan los enemigos. Lima: Taurus.

 

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Jerónimo Ríos Sierra

Abogado y politólogo por la Universidad Autónoma de Madrid, tiene una maestría en Política y Democracia y una especialización en Unión Europea por la UNED. Maestría en Relaciones Internacionales y una maestría en Estudios Contemporáneos de América Latina, ambas por la Universidad Complutense de Madrid. En la actualidad se encuentra realizando su tesis doctoral, Los enclaves de la violencia en Colombia 1998-2012, bajo la dirección de Heriberto Cairo y María Lois, también en la Universidad Complutense de Madrid.

Es docente invitado en la maestría en Unión Europea de la UNED en España y de la maestría en Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Bucaramanga. Igualmente es docente y director del centro de investigaciones de la Facultad de Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad Santo Tomás y consultor en la Organización de Estados Iberoamericanos – OEI Colombia.

Entre sus líneas de investigación destacan la cartografía del conflicto colombiano en sus múltiples expresiones y las relaciones euro-latinoamericanas en el marco de las cumbres presidenciales y la cooperación internacional.