La necesidad de un populismo salvaje

Sobre el demonio populista

Sergio Villalobos-Ruminott
Publicado en Octubre 2018 en La Migraña 28
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En el marco de los últimos procesos electorales en América Latina (Colombia, México y, recientemente, Venezuela y Chile), no ha dejado de resonar la advertencia relativa a los peligros del populismo. Ese monstruo construido por las derechas tradicionales parece ir asociado con procesos nefastos de polarización que habrían generado cruentas guerras civiles durante la segunda mitad del siglo XX.

En tal caso, populismo y polarización irían de la mano en la medida en que ambas construcciones retóricas parecen encarnar un sostenido miedo a las masas y a su potencial desestabilizador no solo del orden republicano institucional, sino del frágil progreso económico en un contexto de globalización neo-extractiva y post-industrial. Frente a la amenaza populista habría que sumar fuerzas, otra vez en una “santa alianza” (o, al menos en su versión elitista y criolla), para asegurar la estabilidad política y socio-económica, difícilmente conseguida gracias a los procesos transicionales y de pacificación que marcaron a la región desde mediados de los años 1990.

Sin embargo, en esta construcción del demonio populista falta una consideración histórica de sus diversas dimensiones, y esta falta de consideración no es solo un problema de carácter epistemológico, sino que pone en evidencia la lógica del cliché y del chantaje con que los medios y los operadores discursivos del statu quo siguen fabricando un consenso que les favorece. Intentaré, en esta breve columna, apuntar a estas dimensiones, aunque solo sea para cuestionar el uso irreflexivo e interesado del demonio populista en la producción de un miedo disciplinante de cualquier iniciativa democrática.

Lo primero que habría que sopesar es que el populismo es una noción polisémica que nombra no solo una determinada estrategia política, sino que caracteriza también a una serie de transformaciones históricas que, más allá de sus expresiones europeas, en América Latina estarían asociadas con los procesos de industrialización, de urbanización y con la configuración de sociedades de masas que presionan sobre las estrechas estructuras político-institucionales heredadas del siglo XIX. En efecto, las primeras caracterizaciones del fenómeno populista, a mediados del siglo pasado, provienen de la sociología estructural-funcionalista que lo concibe como efecto de una inmadurez institucional, de una falta de cultura cívica y, en última instancia, como expresión de formas de conducta desviada que serán corregidas con el pleno desarrollo de las pautas culturales e institucionales propias de una modernidad universalista y racional.

En este diagnóstico no solo resuena la monumentalización del modelo euro-americano de modernidad, sino también un viejo relato historicista que abunda en las historiografías liberales y conservadoras. En efecto, el fenómeno populista tiende a ser pensado desde el llamado caudillismo decimonónico, precisamente porque lo que unifica a ambos es la singularidad carismática de un líder que atrapa y engaña a las masas. Si el caudillismo aparece como un obstáculo del orden republicano (ese ya era el argumento de los liberales del diecinueve), el populismo amenaza a su vez el orden constitucional que tanto trabajo habría costado en la actualidad.

Según esta lógica historicista, ahí donde el caudillismo hizo tambalear la fundación de los nuevos Estados latinoamericanos a principios del diecinueve, el populismo previo a las últimas dictaduras habría hecho temblar el orden democrático y fracasar el modelo desarrollista de industrialización, en la medida en que provocó una sobrecarga de demandas dirigidas al Estado haciéndolo desembocar en cruentas intervenciones militares. Ahí mismo, el actual demonio populista parece acechar, otra vez, las precarias democracias latinoamericanas, con sus retóricas anti–capitalistas, democratizadoras o de justicia social.

Pero si las sociologías desarrollistas formalizaron el prejuicio “juristocrático” (la reducción de las dinámicas sociales a los presupuestos del derecho) de las elites latinoamericanas, las primeras teorizaciones marxistas no avanzaron mucho más allá en la comprensión del populismo. Articuladas por una teoría etapista y casi lineal de la historia, para estas versiones, el populismo era una manifestación ideológica refractaria, un remanente de modos de producción tradicionales que flotaba en los intersticios del modo de producción capitalista y que debería desaparecer en la medida en que la revolución democrático-burguesa adquiriera plena vigencia.

El populismo no podía entonces ser ni homologado ni articulado con una política de clases, en la medida en que los intereses encarnados en el fenómeno populista parecían ser contingentes y no estructurales. En última instancia, el populismo como fenómeno histórico expresaba la imperfección del modo de producción capitalista en América Latina, y en cuanto a estrategia política era lo opuesto a una línea clara y coherente, es decir, adolecía de una falta de direccionalidad estratégica.

En este contexto, Ernesto Laclau aparece como uno de los primeros teóricos capaces de trascender el prejuicio historicista y juristocrático que había limitado a las teorizaciones previas sobre el populismo (Política e ideología en la teoría marxista 1978). Gracias a sus investigaciones, el populismo emerge como efecto de una transformación de la política gatillada por la paulatina configuración de sociedades de masas en la región. Sociedades que ya no podían ser descritas ni normalizadas con las herramientas teóricas, políticas y disciplinarias tradicionales. Ya desde sus primeras intervenciones, Laclau abre un camino que confirmará con sus trabajos posteriores, hasta llegar a La razón populista (2005), donde se cierra el círculo abierto a fines de 1970, con la postulación de una contigüidad entre política, hegemonía y populismo.

La lógica de su argumentación es la siguiente: la política no responde ni a un sistema de principios trascendentales, ni a procesos de contradicción alojados en algún supuesto sustrato ontológico; la política es la activa producción de oposiciones y antagonismos en un plano discursivo que permite la configuración de posiciones hegemónicas y contra-hegemónicas en torno al poder. En la producción de esa fuerza es necesario entonces articular diversas posiciones, lo que permite entender la política no solo como producción contingente de antagonismos, sino también como una dinámica orientada por la “demanda”. La contra–hegemonía solo puede convertirse en hegemonía en la medida en que articule muchas demandas, lo que implica por supuesto que la práctica política es, esencialmente, una práctica populista.

Es evidente que Laclau retoma las contribuciones del filósofo italiano Antonio Gramsci, pero a diferencia de este, para Laclau (y Chantal Mouffe), la hegemonía no tiene un centro determinado, es decir, no se constituye en torno a la centralidad estratégica del proletariado o de la lucha de clases, lo que implica no solo un desplazamiento posmarxista sino una complejización de las identidades políticas que ya no responden a lógicas extra-discursivas, sino que se configuran de acuerdo con procesos de universalización contingente.

La primera consecuencia de esta lectura consiste en mostrar que el demonio populista actualmente esgrimido por los discursos de la derecha neoliberal es solo una estrategia retórica, ella misma populista, que intenta desactivar procesos de lucha contra-hegemónica, es decir, que intenta desacreditar posibles procesos de democratización.

La segunda consecuencia es que la política, en la medida en que está referida a la condición inmanente y discursiva de las prácticas sociales y ya no encarna ningún tipo de presupuesto normativo o transcendental, es ella misma populista, y de lo que se trata es de producir (pues tampoco esta distinción está naturalmente dada) la diferencia entre populismos democratizantes y populismos neoliberales.

La tercera consecuencia es que el rechazo neoliberal del populismo no solo repite un miedo a la multitud, al pueblo o a las masas (rotos, cabecitas negras, etc.), sino que expresa su falta de voluntad para asumir agendas democratizadoras que pudieran poner en cuestión sus procesos extractivos y de acumulación.

Y quizá una cuarta consecuencia de este desplazamiento es que tanto el populismo como la polarización no son amenazas a la democracia, sino efectos de su propia performance, esto es, condiciones de su propia posibilidad. En otras palabras, los discursos anti-populistas y anti-polarización en la actual coyuntura electoral latinoamericana no son sino discursos anti-democráticos.

Sin embargo, más allá de las innegables contribuciones de Laclau, todavía es necesario reparar en un desplazamiento sintomático: mientras que por un lado la política ya no está articulada en torno a la contradicción o lucha de clases ni responde a la centralidad estratégica del proletariado, por otro lado, todavía Laclau y Mouffe piensan la política como una actividad orientada plenamente al Estado, es decir, tramada por la lógica contra–hegemónica que es también Estado céntrica. No se trata de postular una práctica política más allá del Estado, en una suerte de encarnación del alma bella, sino de mostrar que si bien las luchas por el control del Estado son inevitables, estas luchas no pueden agotar la heterogeneidad de formas y prácticas políticas que parecen ir más allá e incluso contradecir el cálculo político electoral. Se trata no solo de la construcción de un Estado transicional, que permita resistir la brutal acumulación flexible capitalista, sino de poner en cuestión la lógica de la hipoteca que piensa la democracia radical como un objetivo de largo plazo, solo alcanzable mediante sacrificios y restricciones impuestas como criterios de gobernabilidad.

Si la lógica hegemónica piensa las prácticas democráticas solo en términos de la construcción de un Estado transicional hacia el posneoliberalismo, entonces no hace sino repetir la endémica limitación que toda teoría transicional carga consigo. No olvidemos que fue en nuestra transición donde, gracias a un uso interesado de Hannah Arendt, se pensó la democratización como una cuestión meramente procedimental, ajena a las demandas socio–económicas y de justicia social. Cualquier contaminación de la transición pactada con demandas radicales podía producir una nueva polarización y nadie quería retornar a la tutela militar y su férrea ley de hierro, prefiriendo, en cambio, la ley flexible del capital y su infinita promesa de felicidad.

En última instancia, el demonio populista es una marioneta que sacan a relucir, cada cierto tiempo, los titiriteros de la historia, aquellos que intentan controlar sus dinámicas desde una segura bambalina, sin sospechar siquiera que esa marioneta puede adquirir autonomía.

La necesidad de un populismo salvaje

Al igual que en la última elección presidencial en Chile, la que contó con la participación de variados sectores marginados desde la disputa entre La nueva mayoría y Chile vamos, agrupados en el llamado Frente Amplio; o en Colombia, con la contienda entre el candidato conservador Iván Duque y Gustavo Petro, representante de una nueva alianza progresista que redibujó, de una u otra forma, el mapa político y electoral colombiano. Así también en México, la disputa electoral está caracterizada no solo por la vieja lógica bipartidista entre el PRI y el PAN, sino también por la emergencia de una nueva fuerza política que intenta representar las largamente diferidas demandas de los sectores populares y romper con el pacto neoliberal que exitosamente ha desactivado las iniciativas de cambio social y ha perpetuado los niveles de desigualdad y pauperización en dicho país y en el resto de América Latina.

Sin embargo, la victoria electoral de Sebastián Piñera en Chile, sumada a la anterior de Mauricio Macri en Argentina y a la reciente de Iván Duque en Colombia (algo más difícil de predecir en México, donde todo parece indicar el triunfo indiscutible de Andrés Manuel López Obrador y la coalición Morena –escribo esto antes de los resultados oficiales–), parecen marcar lo que ha sido llamado el fin del Ciclo Progresista en América Latina; aquel ciclo asociado con los gobiernos de la Marea Rosada cuya agenda re-distributiva intentaba corregir los excesos del primer neoliberalismo que estragó a la región y que reorientó sus economías para satisfacer geopolíticamente el Consenso de Washington, y económicamente, el llamado Consenso de las mercancías (como lo denominó la crítica argentina Maristella Svampa).

El fin del ciclo progresista perece expresarse entonces como un giro hacia la derecha, difusamente agrupada en una agenda caracterizada por un pragmatismo radical y oportunista, donde se promete, por fin, alcanzar niveles superlativos de desarrollo económico, seguridad y paz ciudadana, estabilidad institucional contra las arremetidas populistas de los sectores anti neoliberales, usando como contraejemplo, para polarizar el campo electoral, el fantasma del castro-chavismo en cuanto encarnación de toda política progresista que intente atentar contra el pacto neoliberal.

Nada de esto es casual, pues dicho pragmatismo oportunista de la derecha regional (y mundial), no es otra cosa que un populismo de nuevo tipo, el que, apelando a lugares comunes y reforzados por los discursos oficiales y la machaconería mediática, se presenta como la única alternativa en la actualidad.

En efecto, más allá de sus habituales denuncias contra el demonio populista, la nueva derecha opera según un populismo habilitado por el monopolio de los medios de comunicación y que se inscribe en el sentido común gracias a una profunda destrucción de la conciencia histórica. Se trata de una estrategia planificada y coherente donde los procesos de privatización de la educación, las reformas curriculares orientadas a la tecnificación y a la profesionalización funcional en general, el retiro de las llamadas asignaturas humanistas (historia y filosofía en primer lugar), y la masificación del espectáculo, junto con la transformación de los medios de comunicación en instancias de mera reproducción de los discursos securitarios y de criminalización de la protesta social, reproducen imaginarios sociales susceptibles a las prácticas demagógicas de una derecha que promete acabar con la inseguridad y la corrupción, avanzar en el desarrollo y la modernización, y controlar la invasión de inmigrantes, previamente demonizados o animalizados.

La consecuencia fundamental de esta constatación, el hecho de que la derecha sea profundamente populista y de que su populismo esté habilitado mediáticamente, es que ya no se puede sostener que las actuales disputas políticas en América Latina se dan entre un sector populista y anti neoliberal y otro republicano y liberal, sino entre, al menos, dos versiones distintas del populismo.

Más allá de la creciente y compleja discusión en torno a este fenómeno, contentémonos nosotros con señalar que el populismo es una noción que intenta capturar, por un lado, una nueva realidad política precipitada por la emergencia incontenible de lo popular en las sociedades latinoamericanas a mediados del siglo XX, como consecuencia de grandes migraciones campo-ciudad, procesos de industrialización motivados por políticas orientadas a la sustitución de importaciones, desarrollo urbano y transformaciones de la estructura social tradicional. Por otro lado, sin embargo, el populismo también es el nombre convencionalmente atribuido a una estrategia política que consiste, básicamente, en organizar una serie de demandas y reivindicaciones sociales en torno a un liderazgo que las articula, prometiendo su realización.

De ahí se sigue entonces la denuncia del populismo como ideología que divide el campo de la representación política entre un pueblo articulado o imaginado ex post factum (una etnicidad ficticia diría Étienne Balibar), y un líder carismático que encarnaría la voluntad homogénea de dicho “pueblo”. En este sentido, la noción de “pueblo” (homogéneo e identificable atributivamente) que parece ser una condición fundamental de la práctica populista, se muestra más bien como efecto de su propia performance. Le cabe al discurso populista interpelar y producir al pueblo como sujeto político que el líder sabrá representar.
Sin embargo, la crítica liberal republicana no se detiene en esta caracterización abusiva del liderazgo, sino que muestra al mismo populismo como consecuencia de una inmadurez política e institucional, pues el populismo tendería a desvirtuar la integridad de la ley a partir de contaminar el ámbito jurídico y procedimental del gobierno con las sucias demandas emergidas desde el pueblo (no debe extrañar que sea éste el rasgo privativo con el que se caracteriza la emergencia histórica de dicho “pueblo”: rotos, nacos, cabecitas negras, caras sucias, etc.).

Cabría entonces preguntar por qué fracasó el ciclo progresista en América Latina, por qué no fue capaz de ratificarse a nivel electoral (más allá de la auto-perpetuación de algunos liderazgos regionales sostenidos en una excepcionalidad rampante), por qué la nueva derecha y su populismo tecno-mediático volvió en varios países (Colombia, Argentina, Chile) como alternativa efectiva de gobierno. Frente a estas preguntas no me parece plausible la tesis de la conspiración que culpa al imperialismo norteamericano de boicot e intervención, pues esto, sin ser falso, no explica plenamente el problema.

Lo diré sin mayores mediaciones. El ciclo progresista fracasó porque fue incapaz de escapar de la captura neoliberal de la política, captura que implicó, y aún implica, la mediación burocrática de las luchas y reivindicaciones sociales a partir de regímenes institucionales cooptados por los intereses corporativos del capital transnacional. No se trata de una lectura economicista, sino de un diagnóstico de la estructura política representacional y sus tendencias antidemocráticas a la perpetuación y a la reproducción del statu quo. No solo ahora, sino durante toda la moderna historia política latinoamericana.

Cabe acá entonces una segunda pregunta relativa al rol que estas nuevas fuerzas políticas-electorales podrían cumplir en el marco neoliberal y más allá de él. Desde el Frente Amplio en Chile hasta Morena en México (incluyendo a Podemos en España), habría que determinar si se trata de procesos de ajuste interno a la misma estructura política y clientelar, donde sectores jóvenes y profesionales quieren adelantar su acceso a los puestos de gobierno y administración, saltándose la mediación de las viejas y desgastadas estructuras partidarias, o si se trata de articulaciones capaces de romper con la captura neoliberal de la política y atender a las conflictivas dinámicas sociales en el marco de un neo-liberalismo de segundo orden, que ya no se opone al estado, sino que lo funcionaliza como instancia de contención para el libre despliegue de sus procesos de devastación y acumulación.
El viejo populismo progresista, que tantas conquistas sociales produjo en América Latina, y que ha sido sistemáticamente demonizado desde el nuevo populismo tecno-mediático de la derecha neoliberal, fracasó en la medida en que reprimió su configuración propiamente populista, escondiendo su deseo de cambio social en la sublimación administrativa de sus pulsiones políticas. Frente a ese viejo populismo, no basta con la lógica juristocrática y republicana, pues el pacto neoliberal parece preferir su propia perpetuación a su posible modificación.

Sin la demanda populista no hay posibilidad de modificación del pacto neoliberal, pues el populismo no solo es inherente sino necesario para el pensamiento republicano, siempre que este quiera ir más allá de su propia constatación formal como imperio de la ley. En otras palabras, este republicanismo populista no puede sosegar la irrupción demótica de lo popular desde la mediación sublimadora del deseo de cambio, debe, por el contrario, radicalizar su deseo de institucionalización a partir de una teoría de lo institucional abierta a la contingencia histórica de las luchas sociales. Se trata de instituciones blandas o débiles, susceptibles frente a la activación democrática y no configuradas según la lógica inmunitaria del derecho y de la fuerza.

En este contexto, parece necesario oponer no solo al viejo populismo progresista, sino también al nuevo populismo tecno-mediático, un populismo salvaje, que sin transferir su potencia al líder, funcione como vector de radicalización del pacto juristocrático neoliberal. De lo contrario, las emergentes fuerzas políticas de cambio en la región estarán condenadas a repetir el drama familiar que opone a viejas y nuevas generaciones en la administración de la miseria.

Se trata entonces de imaginar un populismo que no se oriente solo a la conquista instrumental del Estado, repitiendo la lógica hegemónica y contra-hegemónica que grava sacrificialmente a las dinámicas sociales, castrándolas de su potencial de cambio y domesticándolas como clientela electoral. Como en el famoso cuento de Osvaldo Lamborghini, El fiord (1969), no basta con destruir el viejo liderazgo, hay que profanar su cuerpo para impedir que este vuelva a reencarnarse en un nuevo festín sacrificial. En tal caso, un populismo salvaje, abierto a los procesos instituyentes y a las irrupciones demóticas, capaz de tensar el orden jurídico desde una práctica democrática no capturada por los intereses corporativos, y capaz de resistir la cooptación y el chantaje de los privilegios aparece como única alternativa frente al populismo tecno-mediático de una derecha que monopoliza hoy en día casi todos los lugares de enunciación.

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Sergio Villalobos-Ruminott

Profesor de estudios latinoamericanos en la Universidad de Michigan, Estados Unidos. Realizó estudios de sociología y filosofía en Chile y su doctorado en literatura latinoamericana en la Universidad de Pittsburgh (2003), Estados Unidos.

Entre sus publicaciones están los libros Soberanías en suspenso. Imaginación y violencia en América Latina (La Cebra, Buenos Aires, 2013) y, Heterografías de la violencia. Historia Nihilismo Destrucción (La Cebra, Buenos Aires, 2016). El año 2002 publicó una edición de las conferencias de Ernesto Laclau en Chile con el título Hegemonía y antagonismo. El imposible fin de lo político (Cuarto Propio, Santiago, 2002), y ha traducido de John Beverley los libros Subalternismo y representación. Argumentos en teoría cultural (Iberoamericana 2003), Políticas de la teoría. Ensayos sobre subalternidad y hegemonía (Caracas, CELARG, 2011), y de William Spanos, Heidegger y la crisis del humanismo occidental. El caso de la academia metropolitana (Santiago, Escaparate, 2009). Entre sus últimas publicaciones están: Mito, destrucción y revuelta: Notas sobre Furio Jesi (Diálogos mediterráneos, Brasil, 2018), Comunismo Sucio (Nierika, México 2018), Acerca de la posibilidad de una democracia salvaje (Pensamiento al margen, España, 2018), Anarchy as the Closure of Metaphysics: Historicity and Deconstruction in the Work of Reiner Schürmann (Politica Comun 13, Michigan, 2017). Actualmente enseña seminarios sobre marxismo, populismo e indigenismo en América Latina.