Capitalismo y cultura neocolonial

Sobre la corrupción y sus culpables

Juan Carlos Pinto Q.
Publicado en julio 2019 en La Migraña 31
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Dignidad como valor

Hubo un tiempo en el que la dignidad era un principio fundamental para sostener el orgullo social de seguir siendo, para que la imagen personal y familiar pudiera perdurar en el recuerdo y quizás la admiración de los allegados, amigos, familiares, vecinos o colegas de gremio; por haber sostenido con «dignidad»—es decir con estoicismo, honradez y sacrificio— la condición laboral y/o de penurias existenciales con las que les tocó vivir, sin apelar a medios «inmorales».

Quizás recordar en Europa a los viejos artesanos medievales, que orgullosos de su privilegiado trabajo para los nobles, producían prendas exclusivas y se preciaban de su dignidad laboral de obtener lo que tenían con su esfuerzo. Algunos de ellos fruto de su emprendimiento, mutaron rápidamente al naciente sistema capitalista, organizando la producción y proclamando la honradez como valor del trabajo, esta vez para no sufrir pérdidas por parte de los recientes proletarios. El valor del trabajo y el esfuerzo que antes se tornaba en símbolos de dignidad, empiezan a cambiar convirtiéndose en razones de sobrevivencia proletaria, ante patrones que exaltan su propio esfuerzo y penurias para «proporcionar trabajo» a los miles de siervos que se incorporan al naciente sistema capitalista en calidad de «vendedores de su fuerza de trabajo». Aquí la dignidad empieza a devaluarse frente a la sobrevivencia necesaria, y el sistema lo convierte en un principio para cuidar los «bienes de la empresa».

El capitalismo convierte al trabajo en una necesidad de sobrevivencia, frente a la dignidad de trabajar de antaño, y persigue la ociosidad, la sanciona creando leyes que penaliza a los que no trabajan, y crean un sistema penitenciario moderno para disciplinar a los indisciplinados y rebeldes al trabajo proletario.

En América Latina, la colonia se impuso a sangre y fuego, pero también de engaños y traiciones que expresaban que la conquista justificaba su fin civilizador con cualquier medio utilizable, pues «la evangelización y civilización de los indios» lo ameritaban. La corrupción fue utilizada en función de los fines históricos propuestos, los ingleses cambiaron por espejos extensas cantidades de territorio a los pobladores indígenas de Norteamérica, engañaron a los Incas para enriquecerse con el oro incaico o envilecieron y compraron conciencias como ocurrió con la Malinche en México; y así se podría sumar miles de ejemplos históricos más.

La dignidad de los pueblos se convirtió en su resistencia. Mientras los colonizadores los explotaban y exterminaban, buscaban doblegarlos corrompiéndolos, así, el engaño y el ofrecimiento de privilegios a algunos buscaba dividir, mientras el alcohol que ancestralmente era de uso ceremonial fue utilizado por la conquista para doblegar voluntades y comprar conciencias.

En la República, mientras dichas prácticas coloniales de dominación continuaban, se normativiza el trabajo como valor fundamental y el disciplinamiento de la fuerza de trabajo como una necesidad productiva del sistema. De esta manera, como nos narra Rodríguez Ostria (1), en las minas se implantan los calendarios laborales y los castigos disciplinarios. En Cochabamba como nos comenta Yuri F. Torres (2), las chicherías que cercaban el centro de la ciudad empiezan a ser desplazadas a la periferia, mientras se implantan leyes contra la vagancia y la ociosidad, que rápidamente eran relacionados con la delincuencia, y penados con cárcel. Ocurría con la misma lógica del sistema capitalista en Europa, solo que un siglo después y en otras condiciones ya que las cárceles en el viejo mundo funcionaban como centro de disciplinamiento de la mano de obra proletaria, mientras en el mundo dependiente latinoamericano se convirtieron en centros de deshecho humano y de exclusión que estuvo permeado por el racismo que veían a la rebeldía indígena como factor de delincuencia que debía ser perseguido y penado.

El trabajo como valor fundamental

Fue Adam Smith y en definitiva Marx los que exponiendo las entrañas del Capital, pusieron de manifiesto que es el trabajo humano la única productora de riqueza, pero que el capitalismo es el que se encargó históricamente de organizar las fuerzas productivas, a través de su concentración y disciplinamiento, para el objetivo fundamental de revolucionar el sistema productivo en base a la extracción de la plusvalía del esfuerzo de los trabajadores.

En esa perspectiva es que el sistema capitalista reordena no solo el sistema productivo, sino la cultura y la moral social que permita a la sociedad asumir que el trabajo es el eje de la vida y reproducción. El ascenso social de los más pobres, así como posibilidades futuras para su prole solo podrán ser posibles con más trabajo, y aunque sea una ilusión nunca cumplida, es un objetivo construido para dar sentido de futuro al esfuerzo proletario. De esta manera, el trabajo se convierte bajo el impulso capitalista en el leitmotiv de la vida, y no es que no lo fuera antes, pero bajo el influjo capitalista no solo que no podemos sobrevivir, sino que se constituye en el sentido de la vida, también como herencia de valores a la siguiente generación.

En Europa y el primer mundo los grandes maestros artesanos, se convirtieron en los anónimos trabajadores en serie, y el trabajo como realización humana, se convirtió en razón de sobrevivencia. En nuestro mundo dependiente y capitalista que no dio lugar a la explosión industrial, sino en enclaves determinados, la migración de indígenas y campesinos hacia las ciudades, que bien o escapaban de la explotación de los patrones, o del exterminio de los gobiernos para dar cabida a los miles de migrantes europeos que llegaban a ocupar sus territorios; solo dio lugar a determinados espacios de formalidad laboral, pero a otros miles de informalidad para la sobrevivencia.

Y las clases dominantes y oligárquicas constituyeron repúblicas con la independencia, bajo la sombra fundamental de sus intereses económicos que marcaron fronteras, y donde el trabajo siguió la moral capitalista de ser el eje fundamental de la sobrevivencia, y donde no existía trabajo formalizado de empresa, campeaba la informalidad o bien la abierta explotación semiesclava de la fuerza de trabajo, como en el caso de Bolivia con el pongueaje y el mitanaje. Todo ello permeado por la doble moral de la República que mientras proclamaba la ciudadanía para todos, dejaba excluidos a los pueblos indígenas. Que mientras proclamaban la República constitucional, su mayor recurso era precisamente el de las asonadas militares, y el robo de los recursos estatales, junto a algunos «celebres presidentes», como en el caso de Bolivia, que rifaron, vendieron o negociaron el territorio nacional con los países vecinos.

La cultura de la corrupción

Entonces, ¿cómo definimos la corrupción en el contexto histórico estructural al que nos referimos anteriormente? Si establecemos que está relacionada con la violación de lo establecido para la obtención de beneficios individuales o de grupo, tendremos que afirmar que la historia toda está llena de actos de corrupción a lo establecido, y que cada sistema que determina normas morales para organizar la sociedad, termina siendo interpelado, corroído por los actos de corrupción individual de quienes conspiran o se apropian ilegalmente de recursos o bien de pueblos que dejan de creer en las ideologías establecidas para la convivencia en dichos regímenes y buscan formas propias de sobrevivencia al margen de lo establecido.

Entonces en ese marco, el delito y la corrupción se convierten en un medio no un fin. Los medios no son buenos ni malos, son efectivos o no. El juicio de valor opera sobre los fines, ¿existe otros medios disponibles para lograr los mismos fines con igual efectividad? O más bien ¿el beneficio conseguido es colectivo o tan solo es de egoísmo individual o de grupo, dañando o afectando los intereses del conjunto de la comunidad? En ese camino, nos preguntamos con Bertolt Brecht ese revolucionario poeta alemán: «¿Qué es robar en comparación con crear un banco?» haciendo ironía de la moral burguesa que penaliza el robo de la propiedad privada, mientras las instituciones capitalistas, bancos y empresas, cotidianamente se apropian del trabajo de los pobres, legalmente a través de contratos, o bien de empréstitos que les permiten a los bancos lucrar con dinero de los ahorristas.

Por eso, hipócritamente, se penaliza el robo que afecta a la propiedad privada, que es un tema moral de la comunidad y que el Estado debe intervenir para mostrar sentido de representación de autoridad; pero lo hace en mayor dimensión cuando es la propiedad capitalista la afectada, porque representa al sistema en su conjunto. La acumulación originaria del capital, representa el despojo de campesinos, comunidades indígenas y originarias, en definitiva el «robo» a nombre de la modernidad y el desarrollo; en este lado del mundo a nombre de la República contra el atraso y el «barbarismo indio», es decir eso no es definido como robo, sino como avance civilizatorio; como en tiempos neoliberales el proceso de capitalización de las empresas estatales, que significó el remate de bienes estatales a los precios más bajos, significó «traer inversión» en lugar de ser llamados «procesos estatales de corrupción».

Los valores de mercado

El pensamiento y los valores de mercado dominan todos los aspectos de la vida pública y privada, ambas dominadas por un hiperindividualismo radical y perverso que naturaliza la ceguera moral, consolida la tolerancia a la corrupción como problema si se obtienen beneficios. La corrupción es un problema si nos afecta en lo personal, pero si podemos desarrollarnos sin amenazas, la corrupción no es un problema.

Sin embargo, el discurso oficial basado en el deber ser, exalta la honradez individual y social, y lo penaliza o sanciona socialmente; en ese camino el discurso anticorrupción se convierte en un dispositivo ideológico que permite defender la democracia neoliberal, es decir el conjunto de valores exaltados por una sociedad para la convivencia en términos armónicos de mercado y que define una forma consensuada de poder y gobierno. Ahora bien, el sistema que persigue a la corrupción como un mal que pervierte a la propia democracia, construye su antípoda en el de transparencia, y no en el de honestidad. Para el discurso moralista la transparencia es el medio para recuperar la confianza pública en los dirigentes y las instituciones, sin embargo, es diferente a la confianza que se activa frente a lo desconocido, es una virtud, no una certeza.

Con la transparencia se degrada la virtud, niega el campo de la ética de la capacidad de decidir. En un supermercado tenemos todo al alcance de la mano, es personal la decisión, sin embargo, hay una cámara que nos avisa «sonría lo estamos filmando». Pasamos al campo de la coerción, del miedo, por sobre la confianza. Vivimos en la sociedad del miedo y la vigilancia a nombre de la seguridad, del control por nuestro bien, en definitiva nos vigila para que podamos cumplir con la transparencia que la sociedad requiere para dar seguridad, la que el Estado y el poder hegemónico requiere. Existe una abundante transparencia en una sociedad hipermediatizada para juzgar y utilizar, todo se transparenta a nombre de la honestidad social, pero lo que realmente se vigila y sanciona es el pensamiento y la acción que interpela al sistema. A nombre de la transparencia se desaparecen las fronteras entre lo público y lo privado, y nadie escapa al control mediático donde existimos socialmente.

Finalmente, es el sistema el que de acuerdo con los intereses dominantes generará una opinión sancionatoria o de silencio cómplice respecto a los actos de corrupción, por cuanto «la diferencia entre los corruptos y los no corruptos es que los no corruptos somos siempre nosotros». En la sociedad de mercado, la gente reacciona según sus intereses, importa el fin y el contexto. La corrupción existe según la contingencia, pues es fuente de deslegitimización, de su persecución y condena.

La condena a la corrupción es el medio por el que se activa el interés, una herramienta para crear o negar escándalos que generen estabilidad o inestabilidad política. En definitiva siendo que la corrupción es parte del funcionamiento del sistema de mercado capitalista, se activa la «transparencia» social y mediatizada anticorrupción según los intereses en curso; todavía más el sistema nos cambia el objetivo de la lucha, que no había sido la lucha contra la explotación, sino contra la corrupción, ya que el mal de la democracia no es la gran diferencia social y económica que genera un sistema de clases, sino el que algunos «corruptos»que abusan de la confianza ciudadana se apropian de recursos de todos, ese es el gran flagelo a combatir.

Por eso desde hace mucho y ahora de manera más intensa, las agendas electorales en el continente y el mundo versan sobre el enfrentamiento contra la corrupción, como producto de algunas malas conciencias a las que hay que penalizar para salvar la democracia; y no de un sistema que promueve la corrupción como forma de existencia en la lucha de mercado por la hegemonía.

Corrupción como política imperial

En los 90, el neoliberalismo había llegado, con la oferta de que con democracia se comería, estudiaría; pero las cosas empeoraron, la apariencia de democracia era un fin en sí mismo, ya no, los valores y las éticas públicas. La democracia empezó a crear entramados que modificaron las instituciones, el trabajo perdió prestigio, la familia se desestructuró, de una economía de mercado a una sociedad de mercado, donde todo tiene precio, se convierten en problemas lo que son consecuencias. No queremos afirmar que antes no se diera esta situación en el mundo del mercado dependiente de nuestros países, pero la cultura plena del consumo se convierte en un eje cultural en este momento de la historia, porque para la expansión del mercado y de la democracia liberal imperialista, la corrupción se convirtió en un arma geopolítica que les permitió seducir a los Gobiernos para privatizar, reducir el Estado, repartir dádivas personales por favores de mercado, sobornar para expandir el neoliberalismo global, parecía ser la consigna.

Esta acción deliberada de corromper a los Gobiernos como geopolítica imperial, ya fue implementada por EE. UU. cuando perdían la guerra en Vietnam, cuando vieron que podía ser más efectivo que la propia guerra, el corromper a los funcionarios y al propio enemigo para lograr la información o las decisiones necesarias. Entonces, la corrupción se convirtió en un medio de influencia necesaria, a decir de Moriconi (4), la corrupción fue defendida y naturalizada en la práctica como medio efectivo para estabilizar nuevas democracias y extender el capitalismo. La corrupción generaba «previsibilidad» en contextos administrativos inestables, por cuanto se logran los resultados esperados y asegurados previamente. Para el sistema significa que la corrupción afecta positivamente el desarrollo en términos económicos. La honestidad en ese contexto deja de ser un valor, y es más bien un estorbo para el desarrollo posible en términos de mercado y acceso a la «modernidad».

Todavía más el propio sistema de mercado «legaliza» formas de corrupción que afectan al funcionamiento del mercado y lo hacen de manera permanente, por ello acuden a los recursos de la despenalización, como el de las amnistías fiscales. Tantas veces se ha mencionado la figura del lobbysmo, que en el primer mundo se ha vuelto empresa, ya que existe un mundo empresarial que paga un determinado monto por la posibilidad de generar reuniones con determinadas personas del mundo político o empresarial. Esa misma estrategia que aplican esas empresas con Gobiernos de nuestros países, es deducible de los impuestos que pagan esas empresas en sus respectivos estados. Allá es legal, aquí es corrupción (6).

La experiencia de Odebrecht con varios Gobiernos de América Latina, que ha puesto de manifiesto la relación de los intereses de mercado con la política de representación, nos ha demostrado hasta qué punto el tema de la corrupción institucionalizada se ha visto coaligada con distintos Gobiernos, que han recibido determinados montos para favorecer en contratos a empresas que «buscaban asegurar sus inversiones» (4). En palabras del propio director de la mencionada empresa: «sin sobornos no habría empresa posible». O lo que es lo mismo, la corrupción es una estrategia más para que el sistema de mercado funcione, los márgenes de acción dependerán de Gobiernos y legislaciones que pongan determinados límites morales, sin embargo, estos son permanentemente rebasados en la práctica.

Queda, sin embargo, el tema de por qué determinadas prácticas patronales son controladas y hasta legalizadas en los países del primer mundo, permitiéndoseles incluso de manera legal el «corromper» Gobiernos y empresas del tercer mundo, donde el tema de la corrupción se presenta como una forma de escándalo que daña la moralidad instituida y permite defenestrar a quienes incurrieron en esas acciones de la gestión pública.

Lo más grave en ese camino es que se hubiera generalizado una doble moral al respecto, donde lo que en realidad impera en el inconsciente del sistema de mercado dependiente, es que «el mayor pecado o delito no es cometerlo sino hacerse pescar», de esta manera parece que nos hubiéramos ido adaptando como cultura ante un tema que no podemos controlar y muchas veces optamos por ejercerlo para que las cosas funcionen. De esta manera, con el modelo exitoso de mercado, el fin de la riqueza o del prestigio se obtiene de cualquier modo y la tolerancia política-social a la corrupción se justifica con: «roba pero hace» para juzgar a algunos políticos, con el que demasiado sentido común de las personas actúa, porque parece que se hubiera hecho ajeno el sentido de pertenencia de lo público, de esta manera solo si me «beneficia o afecta» de manera directa a mí o los míos, tomo posición crítica o de aceptación; mientras el Estado se convierte o es visto como un botín del que logró subir, y sobre el que no tenemos control y solo podemos resignarnos a que parte del «botín» sea de beneficios para mí y mi entorno (4).

En este camino, la legalidad dejó de ser efectiva como medio político y se reconoce abiertamente que existe una corrupción estructural «la corrupción es aburrida, todo el mundo roba pero hace, hasta que alguien roba de más y se olvida de hacer», entonces, aparentemente se detonan las alertas morales, que nos permiten manifestar nuestra ratificación en los temas morales que «todos creemos» y por tanto, denigrarlo o enjuiciarlo socialmente. Sin embargo, en términos sociales seguir el camino de la legalidad puede ser un obstáculo para conseguir prestigio social y económico, en esta doble moral en la que solemos acostumbrarnos a convivir; ya que los nuevos ricos o los que logran éxito social, muchas veces no lo han hecho precisamente siguiendo las reglas morales establecidas, sino los «atajos» que el sistema permite para lograr el fin deseado: éxito, prestigio y dinero (3).

Para esos fines, los mercados ilegales suelen ser más efectivos que el Estado de Derecho, que sin dejar de funcionar en el marco de la explotación del trabajo en el capitalismo, generan redes familiares y clientelares de trabajo informal que evaden los derechos laborales y generan redes de complicidad no solo en temas de productividad, sino en su comercialización, que involucra el contrabando en las fronteras e incluso el narcotráfico. De esta manera, «la corrupción» como forma de sobrevivencia ha generado en grandes espacios poblacionales populares, una estrategia asumida de evasión de lo legal, frente a un sistema formal que históricamente los ha excluido de las posibilidades de inclusión y éxito en el mercado.

¿Qué podemos decir de la institucionalidad estatal encargada de velar por el cumplimiento legal de la norma establecida en un Estado históricamente inexistente en su capacidad de incluir y generar la ilusión de la gobernabilidad para todos? Pues que la perversión institucional se ha convertido en la forma de existencia y funcionamiento, de esta manera, todo un sistema de existencia y sobrevivencia informal, genera presión y adapta la «institucionalidad» legal, policial y militar de acuerdo con sus necesidades en función de las ofertas de mercado para evadir lo instituido.

En definitiva, el Estado nacional históricamente se ha informalizado en nuestra realidad, porque bajo la idea del poder concentrado, no se expresaban los imaginarios colectivos de un país para todos, y sí se expresó en la acción política y militar estatal, de que el «botín» estatal le pertenecía al sector dominante; al pueblo solo le quedaba para sobrevivir la evasión de la norma y la informalización de las relaciones. Por eso es que las instituciones que hacen al Estado colonial y republicano están permeadas de corrupción institucionalizada, donde lo que diferencia a jerarquías de bases, son los montos recibidos para «permitir» que la corrupción ocurra al margen de la institución, o gracias a ella.

Es esa cultura colonizada la que expresa el alma del colonizador, que suele vivir a través de los colonizados, que asumen que el poder de la imposición es algo que se replica o imita cuando las circunstancias cambian, incluida la corrupción como estilo de Gobierno. Hace falta todo un proceso de toma de conciencia en el camino de construir un proyecto revolucionario diferente para sentir, pensar el poder como construcción colectiva y servicio, que provoque una actitud diferente y revolucionaria, sino por el contrario seguiremos reproduciendo en el poder los mismos vicios de la imposición y el aprovechamiento del poder que el mercado promueve y la imposición ideológica colonial sostiene.

Seguiremos teniendo funcionarios que se aprovechan del cargo, que cometen excesos de autoritarismo, que promueven el amiguismo y el nepotismo en los puestos públicos a su cargo; que utilizan el poder como «prolongación fálica» (Ximena Centellas sic) cuando utilizan los espacios laborales no por la capacidad, sino por «los favores que puedan lograr» de las contratadas que permanentemente están sometidas a acoso sexual y laboral (5); que utilizan los recursos y posibilidades estatales que han generado mayor inclusión para el aprovechamiento personal, como reproduciendo ese lema neoliberal «lo que es público estatal es de nadie» en lugar de haber pensado a la inversa en un camino que está construyendo sentidos distintos, donde «lo público estatal es de todas y todos» y la ciudadanía toda es afectada cuando se atropella y corrompe lo que es de beneficio común.

¿Y el Proceso de Cambio?

A pesar de esa mentalidad oligárquica racista y reacia a construir patria para todos, siempre hubo una reserva de dignidad que desde los pueblos afloró en las batallas que impidieron que Bolivia desapareciera producto de las invasiones territoriales de los países vecinos, que, sin embargo, se quedaron con la mitad del territorio nacional con el que empezamos a ser República.

Hoy tenemos muchas batallas en curso en un proceso revolucionario que sostiene como principio la recuperación de la dignidad. Hemos logrado sostener la posibilidad de la transformación económica de quienes sobrevivían en la miseria, y que hoy tienen mejores posibilidades. Nuestra nueva economía ha permitido recuperar el derecho a la vida digna de nuestros pueblos. Sin embargo, todavía pendiente está la batalla de la revolución cultural, en el mundo de las ideas y del control ideológico; donde todavía nos hace falta construir poder popular frente al poder republicano y neoliberal que heredamos. La sombra del colonizador se cierne sobre el proceso de cambio, potenciando el mercado que individualiza y pervierte las conciencias al mejor postor; frente al proyecto comunitario y revolucionario del socialismo; en ese contexto la corrupción siempre seguirá siendo un arma ideológica y moral, eficaz del sistema para desgastar el proyecto revolucionario comunitario.

Necesitamos en este enfrentamiento con el sistema, salir de su lógica corrupta de: «competir por quienes son menos corruptos», y que utiliza las armas del propio mercado (3). No solucionaremos los temas de la corrupción, policializando o militarizando la sociedad, generando mayores controles totales sobre la ciudadanía, generando mayores miedos ciudadanos, llenando las cárceles y un largo etcétera, de recetas del sistema; pues siempre habrá resquicios para que la corrupción siga, y solo estaremos creando una «apariencia» institucional de control que nos permita apaciguar miedos y ganar respaldos.

No le queremos quitar la importancia al sistema punitivo en el cumplimiento de la norma y que se busque un sistema institucional que penalice adecuadamente la corrupción, de tal forma que recupere la credibilidad perdida, sancionando públicamente a quienes se han aprovechado de los recursos comunes. Pero eso no termina de salir del campo de la transparencia, de la generalización, de la desconfianza social, como forma política de control.

Lo que necesitamos es avanzar sobre la construcción de una ética pública revolucionaria, que tenga como base la formación política y el involucramiento ciudadano en la construcción del nuevo país. Sostener en la gestión pública el proyecto revolucionario, devolviendo el protagonismo a la ciudadanía no solo con sus propuestas, sino con la construcción colectiva de lo público. El control social debe dejar de ser una instancia burocrática o de complicidad, y tomar el papel político de ser equilibrio y complemento crítico de las decisiones de Estado.

Cambiar el sentido común de las cosas construido por la ideología de mercado nos llevará tiempo para sostener el proyecto alternativo del Vivir Bien, con prácticas de gestión comunitarias, que no sean un imperativo del miedo sino un acto político de voluntad colectiva basada en la confianza y en la certeza de que es posible construir un mundo diferente. Eso es construir la patria como comunidad de destino que se consolide en una democracia intercultural que promueva la responsabilidad, la virtud y la identidad junto al interés común.

Bibliografía que aportó ideas clave para el presente artículo

  1. Rodríguez Ostria, Gustavo. La acumulación originaria en Bolivia, CIS, La Paz, Bolivia 2018.
  2. Torres, Yuri F. Las chicherías en Cochabamba, art. en «Opiniones» de La Razón, La Paz, abril de 2019.
  3. Gargarella, Roberto «Si eres igualitario, porque eres tan rico», art. En Nueva Sociedad # 276, P. 91., Buenos Aires, Argentina, 2018.
  4. Moriconi, Marcelo «Desmitificar la corrupción», art. En Nueva Sociedad # 276, P. 118, Buenos Aires, Argentina, 2018.
  5. Centellas, Ximena La condición de la mujer. Cuadernos de Formación #6, Dirección General de Fortalecimiento Ciudadano, VPEP, La Paz, 2018.
  6. Álvarez, Ramiro «Democracia y lobby». Art en Nueva Sociedad # 276, 62., Buenos Aires, Argentina, 2018.

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Juan Carlos Pinto Q.

Sociólogo boliviano, diplomado en Derechos Humanos. Ex prisionero político. Ha escrito libros sobre temas relacionados con democracia intercultural, y el sistema penal y penitenciario. Ha sido coordinador nacional de la pastoral penitenciaria de la Iglesia Católica. Fue coordinador nacional de la REPAC (Representación Presidencial para la Asamblea Constituyente) y posteriormente el coordinador general de la organización y sistematización de la Enciclopedia histórica documental del proceso constituyente boliviano. Fue director nacional del Servicio Intercultural de Fortalecimiento Democrático (SIFDE) del Órgano Electoral Plurinacional de Bolivia. Actualmente es el director general de Fortalecimiento Ciudadano de la Vicepresidencia del Estado Plurinacional.


Nota: