Los "orillados" rompen el orden para hacerse visibles

Tiempo de carnaval

Armando Bartra
Publicado en Octubre 2018 en La Migraña 28
Rounded image

Cuando las Torres Gemelas caen una y otra vez en obsceno replay televisivo, mientras los muertos de Manhattan siguen muriendo en Palestina, en Afganistán, en Irak, en Líbano… Cuando el capital virtual coloniza el mundo por la red mientras los colonizados colonizan a pie las metrópolis primermundistas. Cuando el único porvenir disponible se compra y se vende en los “contratos de futuros” de la bolsa de valores. Cuando la gran ilusión del siglo XX deviene ancién regime y los integrismos envilecen causas que alguna vez fueron justas y generosas. Cuando los niños palestinos que perdieron familia, casa, tierra y patria pierden la vida, la guerra y el alma desmembrando niños judíos. Cuando por no cambiar todo cambia en una suerte de gatopardismo cósmico. Cuando lo que era sólido se desvanece en una mueca irónica como el gato de Cheshire. Entonces, es hora de darle vuelta al colchón y a la cabeza. Es tiempo de enterrar a los muertos para abrir cancha a los vivos. Es tiempo de carnaval. Porque a veces somos de izquierda por inercia, por rutina, por flojera de repensar los paradigmas. Y los hay que siguen zurdos solo para preservar el look contestatario que tantos desvelos les costó. Hoy, cuando el gran proyecto civilizatorio de la izquierda naufraga y el socialismo tópico, que reveló sus íntimas miserias, es ingresado en la morgue de la historia con otros cadáveres ilustres como su primo el Estado de bienestar, hoy, que se proclama el “fin de la historia” no anunciando el advenimiento del reino de Marx sino la llegada del mercado absoluto.

Hoy, que se derrumban muros y mitos, estatuas y dogmas. Hoy, la izquierda apoltronada corre el riesgo de volverse reaccionaria, conservadora, reculante; repetidora de cavernosas consignas; defensora empecinada del doloroso fiasco social en que se convirtió la utopía realizada. Si izquierda significa riesgo y aventura, si es vivir y pensar en vilo, en el arranque del milenio hay que dejar de ser de izquierda para seguir siendo zurdo.

Hay que desembarazarse de rancios usos y costumbres, de fórmulas entrañables pero despostilladas. Hay que reordenar la cabeza, subvertir la biblioteca, vaciar el clóset y el disco duro, airear la casa. Hay que disolver matrimonios caducos y enamorarse de nuevo. La izquierda necesita deshacerse de tiliches desvencijados; abandonar sus ropajes envejecidos, su lenguaje de cliché, su modito de andar como arrastrando los dogmas. Necesita encuerarse para avanzar “a raíz” en el nuevo milenio. La izquierda necesita una purga de caballo. Y si después de cuestionarlo todo, de subvertirlo todo, aún encontramos razones para ser zurdos, entonces —y solo entonces— comenzará a nacer una nueva izquierda. Una izquierda burlona y con humor, porque para sobrellevar nuestros desfiguros y el papelazo que hicimos durante el siglo XX hace falta coraje pero también sentido del ridículo y cierto desparpajo.

Lo mejor de nosotros, los siniestros, ha emprendido un magical mistery tour, un viaje catártico y purificador con música de aquellos setenta. Llevamos poco equipaje, pero en el camino estamos descubriendo prácticas y pensamientos heterodoxos antes soslayados. Aunque también revaloramos nuestra heredad, podamos el árbol genealógico y sin pasar por el diván nos vamos reconciliando con algunos episodios penosos del pasado.

“Que la fantasía expulse a la memoria” (Melville, 1999: 197) escribió Herman Melville en Moby Dick. Buena consigna para una izquierda que aún alienta porque ha sido capaz de resistir al fatalismo, de exorcizar los fantasmas del ayer. Pues si algo debemos rescatar del cajón de los trebejos jubilados es que la historia no es destino —ni inercia económica— sino hazaña de la libertad, es decir, de la imaginación.

Cuando los catequistas del mercantilismo difunden machacones los versículos de la teología de la neoliberalización. Cuando impera un nuevo fundamentalismo economicista que ve en el mercado el territorio neutral donde se resuelve el destino de la humanidad por obra y gracia de las fuerzas ciegas, sordas y estúpidas de la libre concurrencia. Cuando se sataniza a la economía política y se rinde culto a la econometría como presunta ciencia exacta. Cuando se proclama que la economía es dura y la sociedad blanda, de modo que las aspiraciones humanas deben ajustarse a los dictados de la máquina de producir. Cuando se nos quiere hacer creer que la buena vida es resultado automático del crecimiento y la felicidad out put de una matriz econométrica. Entonces, hay que revelarse contra el fatalismo, contra la inercia, contra un destino prefigurado en las cartas del Tarot de las prospecciones financieras. Entonces, hay que reivindicar la socialidad y el proyecto.

Si en la centuria anterior primó la desalmada economía, en la nueva habrá de imperar la sociedad solidaria. Más nos vale. La humanidad no aguanta otro siglo como el anterior. Pero para aplacar al autómata mercantil, para domesticar a la máquina económica es necesario reivindicar el porvenir como proyecto; es de vida o muerte recuperar a la historia como afán, como invención, como aventura, como utopía en movimiento.

Y el combate no será solo contra los intelectuales neoconservadores y los Chicago Boys, también habrá que desembarazarse de los restos del fatalismo libertario, del determinismo económico de izquierda. Porque, en las últimas dos centurias del milenio uno de los saldos de las pasmosas revoluciones industriales fue la exaltación de la técnica y sus saberes, un culto que se extendió al ámbito de lo social a través de la economía “científica”. Cuando el maquinismo fabril devino corazón de una sociedad máquina regida por los dictados del costo/beneficio surgieron apologistas del sistema deslumbrados por el “todos ganan” de las “ventajas comparativas”, y también profetas de la “tasa decreciente de ganancia” y la crisis ineluctable. Pero unos y otros descifraban el porvenir en las entrañas del sistema económico.

El capital de Carlos Marx fue la Biblia del nuevo socialismo. Un socialismo que se pretendía “científico” por trascender la pura condena moral de la sociedad burguesa desplegando una crítica rigurosa del sistema económico del gran dinero. Y más allá de las intenciones de su autor, el libro canónico tuvo lecturas fatalistas según las cuales el desarrollo productivo del capital sería la antesala de un comunismo tan emancipador como ineluctable que avanzaba montado en las galopantes fuerzas de producción. Así, pese a que el filósofo revolucionario concebía a la libertad como conciencia crítica y como práctica transformadora, su profesión de fe materialista se asimiló al determinismo metafísico de Hegel.

Paradójicamente, las revoluciones del muy revolucionario siglo XX —consumadas varias de ellas en nombre del visionario alemán— fueron un mentís a sus más caras predicciones. El asalto al cielo no se dio en los países industrializados de Europa donde las embarnecidas fuerzas productivas debían reventar las costuras de las relaciones de producción, sino en las orillas del sistema. Aunque pronosticada por el análisis económico, la revolución metropolitana no estalló. En cambio, la excéntrica y voluntarista Revolución rusa fue el puente con insurrecciones igualmente precoces en países semicoloniales de Oriente. Y si el proletariado industrial era la clase económicamente predestinada a encabezar las luchas por la liberación definitiva, fue el campesinado —desahuciado por la economía— quien protagonizó las grandes rebeliones del siglo pasado. Y el marxismo se adaptó de grado o por fuerza a las insurgencias realmente existentes.

Llamado a suceder al capitalismo monopolista en los países más desarrollados, el socialismo resultó en la práctica un curso inédito a la modernidad neocapitalista, una vía de industrialización y urbanización recorrida casi siempre por pueblos mayoritariamente campesinos en países económicamente demorados. Anunciado como el principio del fin del Estado dictatorial de clase, el socialismo devino hiperestatismo autoritario. La revolución resultó una aventura fracasada en sus pretensiones liberadoras radicales y el nuevo orden acabó siendo inhóspita estación de tránsito.

Pero, en otra lectura, el socialismo fue igualmente un proyecto social de largo aliento, una heroica aventura civilizatoria protagonizada por los trabajadores industriales, aunque también, y sobre todo, por los campesinos y otros orilleros. Una excursión histórica emprendida a contrapelo de la bola de cristal de las predicciones económicas. Leer su fracaso como evidencia de que la revolución ocurrió donde no debía, de modo que los insurrectos pagaron con la derrota de sus ilusiones libertarias la osadía de haber emprendido el asalto al cielo en las orillas y no en el centro; decir, a estas alturas, que la revolución fracasó porque no sucedió en Europa es desechar un siglo de historia.

El socialismo realmente existente —de cuál otro podríamos hablar con verdadero provecho los presuntos materialistas— no fue la obra infame de un puñado de malvados ni tampoco un error histórico producto de insurrecciones prematuras o desubicadas. Rescatar de los escombros de las revoluciones fácticas un socialismo irreal, una utopía marxiana que se cumplirá indefectiblemente cuando por fin maduren sus premisas y —entonces sí— tenga lugar la verdadera revolución, es catalogar de extravío y valorar en muy poco el esfuerzo de millones de seres humanos que dejaron sangre, sudor y lágrimas en la prodigiosa empresa de edificar un orden económico y social más habitable. Si los predestinados alemanes no supieron hacer la revolución —que sí hicieron los rusos y luego otros orilleros—, pues ellos se lo perdieron.

Buenas, malas o feas, esas fueron las revoluciones del siglo XX. Probemos ahí la fuerza explicativa de nuestras teorías.

En La balsa de piedra, una alegoría novelada donde la península ibérica se hace a la mar y recupera su vocación de sur, el portugués José Saramago escribe:

“… porque así dividimos el planisferio, en alto y bajo, en superior e inferior, en blanco y negro, hablando en sentido figurado, aunque debía causar asombro el que no usen los países de abajo del Ecuador mapas al contrario, que justicieramente diesen al mundo la imagen complementaria que falta” (Saramago, 2001: 467).

Y efectivamente, nuestras teorías tendrán que revisar el papel que las orillas o márgenes sociales desempeñan en la historia. Deberán cuestionar el fetichismo cartográfico del norte y el sur así como la metáfora centro-periferia, inadecuada representación de un mundo cada vez más descentrado o multicéntrico donde la modernidad ya no desciende del septentrión, ya no irradia de las metrópolis extendiéndose por los bordes como las ondas concéntricas que causa una piedra al caer en el agua. En el presente, los paradigmas brotan por todas partes y se expanden y entrecruzan como las intrincadas ondas de un estanque bajo la lluvia. Hoy el mundo es red. Aunque —como las redes— esté lleno de agujeros: enclaves sordos, ciegos, mudos, desenchufados…

Parte de esta caduca visión centro-periferia es el mito de la exterioridad bárbara, del salvaje muros afuera siempre rejego a la civilización. Esta imagen sobrevivió a la mundialización comercial que arranca en el siglo XVI y a la financiera que comienza en el XIX. Sin embargo no sobrevivirá a la del XXI. En la casa de cristal del orden globalizado no tienen sentido el adentro y el afuera, no caben aquí reservaciones premodernas ni periferias dizque subcapitalistas. En el mundo esfera no valen las coartadas dualistas para dar razón de las abismales desigualdades del mercantilismo realmente existente, y más que “choque de civilizaciones” los grandes conflictos globales de nuestro tiempo son desgarramientos íntimos con ropajes de alteridad. Un ejemplo: “el otro” del cambio de milenio, el mundo árabe contemporáneo, se reconfiguró drásticamente durante el siglo XX a partir del petróleo, combustible por excelencia del moderno capitalismo occidental. Además, si en tiempos de compañías coloniales y economías de enclave el centro fincaba sucursales en la periferia, ahora la periferia se coló en el centro. Ya no hay murallas que valgan, los bárbaros han invadido las metrópolis.

Hoy, cuando todos somos centrales y todos somos contemporáneos, la izquierda no puede seguir hablando de sociedades redimibles y sociedades desahuciadas, clases elegidas y clases condenadas, vanguardistas y zagueros. En tiempo de cósmicos cataclismos financieros de transmisión instantánea por la red; en época de multitudinarias desbandadas poblacionales que marchan del sur al norte y del oeste al este en una suerte de contracruzada civilizatoria; cuando las perversiones climáticas planetarias nos pasan la cuenta por la industrialización desmecatada y las pandemias universales de transmisión venérea nos recuerdan que todos cogemos con todos; en un tiempo y un espacio de simultaneidad y contigüidad absolutas, o te salvas tú o no me salvo yo, o todos nos salvamos o no se salva ni Dios.

“El más frío de los monstruos fríos” (Nietzsche) ya no es el Estado-nación, sino la bestia global. Nuestro ogro desalmado es el capitalismo planetario y rapaz del nuevo siglo: un sistema predador, torpe y fiero; un orden antropófago; un imperio desmesurado que, como nunca, espanta; un asesino serial con arsenales nucleares.

Aquejados por el síndrome de fuerte apache, saldo de un 11 de septiembre que erizó la paranoia estadounidense, los autoproclamados adalides de la civilización la describen como reducto asediado por indios bárbaros que amenazan con saltar la empalizada y pasarnos a cuchillo. Pero se trata de una regresión maquinada por los personeros económicos y militares del imperio; la lección profunda de las Torres Gemelas es que no hay exterioridad, que los otros están entre nosotros —que somos los otros de los otros—, que en el mundo global los vientos y las tempestades agitan las cortinas de todos los hogares sin excepción, incluidos los de la Gran Manzana. Y por si quedaba alguna duda, la tragedia de Nord Ost puso en claro que ya no hay seguridad doméstica para ningún imperio, pues la cólera chechena también tiene reservaciones en el gran teatro Dubrovka de Moscú.

En el libro de memorias A Charge to Keep, George Walker Bush transcribe una revelación que tuvo cuando oraba en el mar de Galilea:

“Ahora el tiempo se acerca
Nombrado por los profetas hace tanto
Cuando todos conviviremos juntos
Un pastor y un rebaño”

Y a raíz de los atentados de Manhattan, el iluminado declaró al Time Magazine: “Por la gracia de Dios yo estoy gobernando en estos momentos”.

Así, en el arranque del tercer milenio un elegido encabezaba el nuevo imperio: orden unipolar y absolutista que, de petrificarse, dejará el tiempo de las módicas pero generalizadas soberanías nacionales en calidad de efímero interludio entre el viejo y el nuevo colonialismo. Y es que el capitalismo es por naturaleza globalifágico y el estadounidense resultó un invasor compulsivo que en las últimas dos centurias ha protagonizado alrededor de 180 intervenciones bélicas extraterritoriales.

Pero que el mundo sea uno y esférico no significa que sea uniforme. Y si ya no podemos barrer la diversidad al presunto exterior del sistema —un ámbito desubicado y anacrónico donde supuestamente perviven las reminiscencias tecnológicas, socioeconómicas y culturales del pasado— habrá que admitir que la vocación emparejadora de la revolución industrial y del orden burgués resultó en gran medida ilusoria. Habrá que reconocer que si en el siglo XIX el planeta parecía encaminarse a la homogeneidad, en el XXI es patente que —revolcada pero terca— la diversidad está aquí para quedarse. Por fortuna.

A mediados del siglo XIX la obsesión estandarizante del capital parecía a casi todos netamente progresiva: a unos porque creían que en verdad el mercado universal nos volvería justos y la competencia nos haría libres, a otros porque pensaban que universalizando el sistema productivo la mundialización del gran dinero nos pondría en la antesala del socialismo. Sin embargo, la experiencia del XIX y el XX demostró que, por sí misma, la omnipresencia del overol proletario no redime y que tan aberrante es la creciente desigualdad económica de las clases, los géneros, las regiones y los países como el progresivo emparejamiento de los seres humanos y de la naturaleza.

En nombre de la expansión productiva, el capitalismo carcome la biodiversidad y en pos de la serialidad laboral y la civilización unánime barre con los pluralismos étnicos y culturales no domesticables. Así, quienes siempre reivindicamos la igualdad debemos propugnar por el reconocimiento de las diferencias. No los particularismos exasperados que babelizan las sociedades, no las identidades presuntamente originarias, inmutables, esencialistas y excluyentes. La diversidad virtuosa y posglobal es la pluralidad entre pares, la que se construye a partir de la universalidad como sustrato común. Porque solo podemos ser diferentes con provecho si nos reconocemos como iguales. No más “razas elegidas”, no más “hombres verdaderos”; asumámonos ciudadanos de un mundo compartido que como tales reivindicamos el derecho a la diferencia.

Después de las últimas acometidas del mercado ya no hay para dónde hacerse. El capital ha penetrado hasta los últimos rincones y lo impregna todo. Amo y señor, el gran dinero devora el planeta asimilando cuanto le sirve y evacuando el resto. Y lo que excreta incluye a gran parte de la humanidad que en la lógica del lucro sale sobrando. El neoliberalismo conlleva una nueva y multitudinaria marginalidad: la porción redundante del género humano, aquellos a quienes los empresarios no necesitan ni siquiera como “ejército de reserva”, los arrinconados cuya demanda no es solvente ni efectiva, cuyas habilidades y energías carecen de valor, cuya existencia es un estorbo.

El capital siempre se embolsó el producto del trabajo ajeno, hoy expropia a cientos de millones la posibilidad de ejercer con provecho su capacidad laboral. El mercantilismo salvaje multiplica la explotación y también la expulsión, desvaloriza el salario y la pequeña producción por cuenta propia al tiempo que devalúa como seres humanos a la parte prescindible de la humanidad. El saldo es explotación intensificada y exterminio. Al alba del tercer milenio el reto es contener tanto la inequidad distributiva como el genocidio. Porque dejar morir de hambre, enfermedad y desesperanza a las personas sobrantes es genocidio, quizá lento y silencioso, pero genocidio al fin.
Volvamos a Melville:

“En todos los casos el hombre debe acabar por rebajar, o al menos aplazar, su concepto de felicidad inalcanzable —pontifica el novelista—, sin ponerlo en parte ninguna del intelecto ni de la fantasía, sino en la esposa, el corazón, la cama, la mesa, la silla de montar, el rincón, el fuego, el campo” (Melville, 1999: 130).

Incansable perseguidor de ballenas metafísicas, el autor de Moby Dick sabía bien que no se vive de nostalgias del porvenir y así como el capitán Ahab ha de ocuparse del coloso blanco pero también del hambre y la sed de sus marineros, las causas políticas deben atender el aquí y el ahora para conservar a sus seguidores.

De la borrachera revolucionaria del siglo pasado unos amanecieron con crudas desesperanzadas y conformistas y otros con resacas de fundamentalismo anticapitalista. A estos últimos la experiencia de revoluciones que presuntamente transaron o se quedaron a medio camino los lleva a una suerte de fetichización metafísica de la revolución, concebida como voltereta total, siempre posdatada, cuya ausencia se compensa con discursos apocalípticos o neoludditas prácticas contestatarias. Integrismo sustentado en una percepción paranoica del sistema capitalista como un orden vicioso, omnipresente y sin resquicios cuyo veneno todo lo impregna y todo lo pervierte. Algo hay de eso. En tiempos de globalización salvaje y cruzadas planetarias contra el mal, se entiende que haya lecturas erizadas. El problema es que en esta perspectiva apocalíptica la necesaria conversión de un orden inaceptable se queda sin palanca y sin punto de apoyo.

La búsqueda de fuerzas “sanas” que puedan subvertir la corrupción integral que priva en el sistema ha rejuvenecido la vieja idea de que frente a la malévola civilización occidental existen culturas en resistencia, pueblos en exterioridad que preservan su pureza originaria. Este dualismo es simétrico al que proclama un más allá bárbaro, que aquí aparece como angélico e incontaminado. Y como aquél, es insostenible. La raya del “no pasarán” que el jefe yaqui trazó en el suelo ante los conquistadores españoles fue cruzada una y mil veces. La espada, la cruz y la codicia del gran dinero pasaron, vaya que pasaron, y el sistema capitalista sentó sus reales en la sierra de Bacatete y en todo el planeta. En verdad ya no existen las “regiones de refugio”, desde hace rato no hay para dónde correr.
La paradoja es que estando dentro también estamos afuera, pues “vivir en y con el capitalismo puede ser algo más que vivir por y para él” (Echeverría, 1974: 18). Y es que el capital no mata, nomás “taranta”. La subordinación del mundo a la lógica acumulativa del gran dinero se consumó de antiguo y de una forma u otra todos estamos uncidos a la tal acumulación. La subsunción en el capital es universal y con ella la alienación a la máquina económica, al autómata mercantil que envilece las relaciones entre nosotros y de nosotros con la naturaleza.

¿En qué quedamos, entonces? ¿Estamos o no en las tripas del monstruo? Pues estamos y no. Porque los modos de vivir y producir —todos hasta ahora— son socialidades contradictorias que mientras subyugan incuban las fuerzas que habrán de trascenderlos: energías más o menos poderosas pero siempre presentes que los niegan quedo pero diario, que los subvierten de a poquito todo el tiempo.

El mundo del capital es al mismo tiempo el mundo subordinado pero terco y resistente del trabajo. Porque el valor de cambio se sustenta en el valor de uso y, despreciándolo, no puede vivir sin él. Porque tras la lógica perversa del mercado y de la acumulación subyace una racionalidad amable a contrapelo. Porque más allá de la carrera de ratas de la competencia están las manos fraternas de la solidaridad. Porque la racionalidad maligna del capital lo es porque se monta sobre una racionalidad virtuosa subyacente. Sin duda la impronta codiciosa del gran dinero pervierte saberes y haceres tornándolos expoliadores y destructivos, pero el orgullo del trabajo y el gozo de la socialidad fraterna son rinconeros y perviven en los intersticios. Concebir al capitalismo como realidad monolítica y sin costuras puede ser conceptualmente inmovilizante. En el mundo de la alienación absoluta no tienen sentido las reformas pues todo cambio es reabsorbido por el sistema. Y en última instancia no tiene sentido la política pues nos remite al Estado, que es opresor por naturaleza. Pero, además, tampoco hay sujeto contestatario pues los actores existentes son conformados por el sistema. Una escapatoria es apelar a la “exterioridad”, a lo no subsumido por el capital, a los que estaban y siguen estando “fuera”. El problema es que tales presuntas exterioridades vienen de atrás, son “precapitalistas”, de modo que la revolución aparece como restauradora de un paraíso perdido o frustrado.

Pero en rigor no hay alteridad —en el sentido de antes o afuera—; lo que hay es desdoblamiento, exteriorización permanente. Formas contradictorias de reproducción económica, social y política que generan el veneno y el antídoto; que restauran la separación del hombre y las cosas pero también su unidad, la subordinación al capital junto con la resistencia, la alienación y su antagónico: el pensamiento crítico. Y que, por sobre todas las cosas, reinciden en la subversiva reproducción de lo diverso por obra del sistema uniformador por antonomasia: diversidad tecnológica, diversidad de formas de producir, diversidad sociocultural. Los campesinos, los artesanos, los que se desempeñan en la pequeña economía informal, los desempleados, las mujeres que de grado o por fuerza asumen los trabajos domésticos, no viven en un más allá sub, semi o precapitalista; son tan hijos del sistema como los obreros pero su articulación al capital no es la del trabajo asalariado. Formas de sobrevivir en las que la separación trabajo-medios de producción, sujeto-objeto, hacer-tener, siendo férrea no es absoluta ni previa, como sí lo es en el caso del expropiado radical que vende su fuerza de trabajo. Aunque también en el seno del autómata-autócrata fabril encontró el proletariado industrial márgenes de “poder obrero”, resquicios de resistencia y reapropiación.

Y lo mismo sucede con el poder: sin duda en el reino del mercantilismo desmecatado la política se condensa en el Estado y este es funcional a la lógica del gran dinero. Pero así como fue incompleta la universalización del autómata fabril también lo fue la del autócrata clasista, de modo que la permanente interiorización-exteriorización propia del quehacer económico genera en el terreno de lo político ámbitos de rebeldía y autogestión en barrios, en comunidades, en gobiernos locales, etcétera. Espacios de “abajo” donde se puede y se debe hacer política —ciertamente una política otra—, y desde donde es legítimo tratar de influir en las leyes y las instituciones de “arriba”. Y si es pertinente incidir en los modos del Estado —y no sólo negarlo— entonces no tiene sentido satanizar los mecanismos de la democracia representativa como son los partidos políticos, las elecciones, la participación en cargos públicos; remedio institucional a ciertos males sociales que, tomado con prudencia y moderación, puede ser de provecho.

Resumiendo: desde hace rato el gran dinero se lo tragó todo, pero su sueño de uniformidad es irrealizable y la tendencia emparejadora se impone a través de mediaciones donde la fractura y la inversión (sujeto-objeto, trabajo-capital, sociedad-economía, etcétera) es el modo general pero no la única forma particular. Y esta heterogeneidad técnica, socioeconómica y cultural es el límite del capitalismo en dos sentidos: como contradicción estructural terminal y no resoluble, y como germen de una socialidad y una economía otras: prácticas, valores y normas intersticiales que se reproducen dentro del sistema pero a contracorriente, que son funcionales y resistentes a la vez.

Ahora bien, si el uniformador orden del gran dinero reproduce a su pesar la diferencia, ahí —en la alteridad— está la palanca objetiva de su cuestionamiento. Como está, también, la posibilidad de prefigurar el altermundismo. Y si este mundo otro no ha de ser Arcadia posdatada sino utopía entreverada y en curso, entonces es legítimo impulsar reformas al orden imperante que atenúen su iniquidad y emboten sus filos más caladores, como lo es la aventura de tejer a contrapelo socialidades alternas, la construcción subrepticia o estentórea de utopías hechas a mano. Ahí, en las rendijas del sistema, en las “costuras” de las que habla Naomi Klein, aparecen las “nuevas normatividades intersticiales” que quiere Boaventura de Sousa Santos (2001: 54), se construye a diario una realidad alterna, se actualiza el “otro mundo posible” del Foro Social Mundial.

Cierto, es un telar de Penélope y lo que tejemos nosotros a la luz del día lo desteje en las sombras el capital. Pero los pueblos somos sísifos tercos. Entonces, sin cancelar del todo el optimismo posdatado de la tal “revolución”, propongo recuperar el módico optimismo posibilista del aquí y el ahora. En vez de nostalgias reaccionarias o revolucionarias por presuntos paraísos extraviados en el pasado o en el futuro, reivindico los edenes rinconeros que construimos a deshoras, en los márgenes, a contrapelo.

La uniformidad tecnológica, socioeconómica y cultural que pretendía instaurar el sistema del gran dinero resultó baladronada. Fue un error pensar que el capital, que todo lo engulle, puede también remodelarlo todo a su imagen y semejanza. A la postre no sucedió que la subsunción general del trabajo en el capital adoptara siempre la forma particular de producción fabril y trabajo asalariado. En cambio, resultó que Rosa Luxemburgo tenía razón al intuir un horizonte de relaciones económicas y sociales excéntricas como condición reproductiva del capital. Y si nos equivocamos al irnos con la finta de la homogeneidad técnica, socioeconómica y cultural que pronosticaba el sistema, también fue un error suponer que el proletariado industrial —contraparte simétrica del capital— sería su enterrador o cuando menos su antagonista más decidido.

La hipótesis de la uniformidad tendencial del mundo y el enfoque centralista de la sociedad —que por un tiempo la izquierda compartió con los fans del gran dinero—, hicieron que se asignara una pesada responsabilidad libertaria a los obreros metropolitanos. Y los pobres hacen lo que pueden, pero cómo estar a la altura de la “misión histórica” cuando la crisis del orden existente no se ubica tanto en la capacidad autorreproductiva del corazón urbano e industrial del capital como en las tensiones del desarrollo desigual y heterogéneo. Cuando los tronidos provienen de la esquizofrenia de un orden que quisiera el mundo a su imagen y semejanza pero para reproducirse debe transigir con la diversidad técnica, sociocultural y biológica; de los corajes de un sistema que se pretende uniforme y necesita de lo plural; de los pujidos de un mecanismo globalifágico y totalitario que por fuerza recrea la exterioridad. Porque si el absolutismo mercantil hace agua en lo que tiene de dispar y contrahecho, si sus tensiones se agudizan en la “periferia”, entonces los contestatarios por excelencia serán los orilleros; los hombres a los que el sistema devora y excreta alternadamente; los expoliados y excluidos: las mujeres, los indios y los campesinos, los trabajadores por cuenta propia, los desempleados urbanos y rurales, los “alegales” a quienes canta Lupillo Rivera, los migrantes de a pie, los presuntos antisociales, los pobres de solemnidad, los locos de atar.

El nuevo éxodo es la expresión más dramática del desarrollo dispar y de la exclusión. Los personeros de la civilización occidental colonizaron el planeta moviéndose de norte a sur. Como buscando el calor, partieron de países fríos y densamente poblados hacia territorios tropicales de tenue demografía y vertiginosas riquezas naturales. Hoy los vientos han cambiado. El capital, las órdenes perentorias y las bombas estúpidas siguen llegando del septentrión, pero las muchedumbres del éxodo marchan hacia el frío, fluyen a contrapelo en una incontenible mundialización de a pie.

Los imperios avanzan de las metrópolis a las colonias y en su curso depredador saquean, arrasan, someten, humillan. Pero los expoliados y escarnecidos, quienes eran el centro de sus mundos y amanecieron en las inhóspitas orillas de un mundo ajeno, se enconchan y resisten. Hasta que un buen día se echan los sueños al hombro y emprenden la marcha rumbo al centro, rumbo al erizado corazón de las tinieblas.

Porque en el reino del gran dinero la riqueza total engendra pobreza total; omnipotente y desvalidos navegando en la red, lujo y carencia extremos frente a una misma pantalla de plasma, hambre terminal y hartazgo desmedido compartiendo el retrete en la casa transparente de la globalidad. Y el centro envejece mientras que los márgenes del planeta rebosan adolescentes a la intemperie. Entonces el nuevo éxodo es arponazo de sangre joven a las metrópolis decrépitas: imperiosa necesidad e indeseable dependencia.
En el cruce de milenios los surianos errantes asedian las fortalezas primermundistas y toman por asalto las ciudades. La barbarie orillera irrumpe en los malls de la civilización. Y esta implosión no es sólo andrajoso gentío en movimiento, es también invasión cultural y cerco político, exportación de ritmos, atuendos, peinados, sabores, utopías, sacudimiento de caderas y de imaginarios colectivos. Lo que Víctor Toledo llama una “revolución centrípeta” y que se prefigura en los tres millones de airados y festivos inmigrantes, principalmente latinos, que a principios de 2006 se movilizaron por sus derechos civiles en las principales ciudades de Estados Unidos.

La tensión centro-periferia, ciudad-campo, metrópoli-colonia, norte-sur, barbarie-civilización; la contradicción entre integrados y excluidos, entre los de adentro y los de afuera, es también un conflicto generacional, un pleito de edades.

Porque la civilizada y urbana población de las metrópolis hace rato que se estancó e incluso decrece (en Estados Unidos el promedio de hijos por familia es de 2.1 y en Europa de 1.4) mientras que los desaprensivos y cogelones orilleros todavía se reproducen a tasas muy altas y la periferia rebosa de jóvenes. Y son estos jóvenes desempleados o malpagados, pero sin futuro en su tierra, los que migran del campo a la ciudad, de la agricultura a la industria y los servicios, del Sur y el Oriente desesperanzados al Norte y al Occidente prometedores.

Entonces, la lucha contra la exclusión cobra la forma de “portazo” pues los imperios refuerzan sus murallas mientras que los chavos del éxodo se empeñan en entrar al gran show del sueño americano. O europeo, que para el caso es lo mismo.

Esta mundialización sudorosa y polvorienta gestora de comunidades discretas y transfronterizas, pero con frecuencia fraternas a distancia, es una de las muchas formas como los de abajo tienden redes por todo el planeta apropiándose de los medios y las artes de la globalidad.

Así las cosas, resultó muy desafortunado llamar “globalifóbica” a la creciente insurgencia contestataria. Como el viejo internacionalismo proletario, la globalización plebeya de la resistencia y de la propuesta no está peleada con la globalidad en general, sino con la chipotuda y dispareja mundialización realmente existente; no es, en rigor, globalifóbica sino globalicrítica.

Los verdaderos globalifóbicos son los movimientos ultraderechistas europeos y estadounidenses enderezados contra una mundialización que para ellos tiene rostro de migrante y promotores de un nuevo nacionalismo crudamente reaccionario y de fronteras cerradas que se entrevera con el suprematismo blanco. Son ellos los reales, los auténticos globalifóbicos. Y lo son particularmente los neofascistas franceses, alemanes, italianos, holandeses y demás, que oponen el racismo y la limpieza étnica a la incontenible migración proveniente sobre todo de África, de Europa del Este y del Oriente. Los mismos que reaccionan a la flamante Unión Europea con un nacionalismo anacrónico y conservador. El Frente Nacional de Le Pen, el Vlaams Blok de Philip Dewinter, la Alianza Nacional de Gianfranco Fini, el Partido de la Ofensiva Estatal de Ronald Schill, el Partido del Progreso de Karl Hagen; estos son los siniestros, los peligrosos enemigos jurados de la globalidad.

Tampoco está bien llamar globalifílicos a los gobiernos imperiales y sus satélites, a los funcionarios de organismos multilaterales, a los personeros de las transnacionales. Ellos no son globalifílicos sino globalifágicos, glotones irredentos que quieren comerse las riquezas del mundo. Lo suyo no es amor por la globalidad sino hambre insaciable de acumulación planetaria.

Entre la globalifagia del imperio y la globalifobia de la ultraderecha, la izquierda ha optado por la crítica de la globalidad y por la propuesta de mundializaciones otras. La nueva izquierda es altermundista.

¿Pero cómo se lucha cuando se está fuera? ¿Cómo se resiste desde la marginación?

En tiempos de exclusión económica y social, los orillados rompen el orden como recurso extremo para hacerse visibles. Siguiendo a Walter Benjamin, concluyen que si “la tradición de los oprimidos nos enseña que la regla es el ‘estado de excepción’ en que vivimos […]. Tendremos entonces en mientes como cometido nuestro provocar el verdadero estado de excepción; con lo cual mejorará nuestra posición en la lucha” (Benjamín, 1994: 182). Así, la subversión de las reglas es explicable, legítima y hasta progresiva. Pero puede dejar de serlo.

Los excluidos por la economía y la sociedad carecen también de derechos primordiales, sea por leyes injustas o por lenidad al aplicarlas, de modo que quienes viven en perpetuo y lesivo estado de excepción infringirán inevitablemente preceptos y prácticas discriminatorias creando por su cuenta un estado de excepción donde tengan mejores condiciones para negociar. Desobediencia que genera inestabilidad y conduce a situaciones de transición marcadas por fluidas relaciones de fuerza que pueden desembocar en un estado de cosas más incluyente o derivar en una cruenta restauración.

Efímera por naturaleza, la infracción premeditada de la legalidad no puede durar sin corromperse. Porque al prolongarse la ruptura, el sistema asimila la ilegalidad recurrente, primero circunscribiéndola a ciertas áreas periféricas y luego normalizándola mediante premios y castigos a los infractores. Y si el poder logra cercar a los subversivos en ámbitos limitados y marginales podrá también institucionalizar la ilegalidad combinando represión y recompensa en una suerte de vicioso estado de excepción permanente donde liderazgo que no es aniquilado se integra y prostituye. Se instaura así la “ley de la selva” entendida como suplantación del equilibrio de derechos por la confrontación de fuerzas y el sistema excluyente pero ordenado deviene poder discrecional: una administración populista o fascista de la inequidad cuya contraparte es la industria de la reivindicación.

Y con frecuencia los contestatarios racionalizan la ruptura como único método. Sustentada en la idea de que el “nuevo orden” consiste en una suerte de discrecionalidad justiciera de los jodidos —postura sin duda legitimada por la histórica conculcación de sus derechos primordiales—, la infracción sistemática se convierte en cultura política popular o populachera. Teoría y práctica ilegítimas y contraproducentes pero abonadas por un liderazgo que medra con el estado de excepción, y también por las tendencias clientelares y corporativas que nunca faltan en el sistema.

Frente a las prédicas milenaristas de los mercadócratas, la apuesta de la izquierda no puede quedarse en un modelo económico alternativo; debe ser también, y sobre todo, un nuevo orden social que acote las inercias de la máquina mercantil encauzándolas en función de necesidades humanas. Terminado el siglo de la economía absoluta, hay que restablecer la primacía de la socialidad reivindicando la vieja economía moral: no la economía del objeto sino la economía del sujeto. Lo que la humanidad necesita no es un libre mercado sino una sociedad libre. Libre y justa. De modo que habrá que contravenir al mercado cuanto haga falta con tal de garantizar la justicia y la libertad. Esto se llama economía moral por contraposición a la desalmada dictadura del toma y daca.

“Lo que distingue a los mercados es precisamente que son amorales” dice el especulador financiero George Soros, que algo sabe de esto. Pero en verdad no son amorales, son inmorales. Y lo son porque al asumir que la codicia es socialmente virtuosa legitiman a quienes lucran con ventaja y violentando a su favor las propias reglas. Entonces el culto a la “libre concurrencia” no es más que una cortina de humo para intervenir el mercado cuando conviene a los intereses del gran dinero. De hecho siempre ha sido así, pero en los tiempos de la globalización financiera, con economías de casino servidas por Estados crupier, los grandes apostadores son tahúres que juegan con dados cargados.

“Hoy, la creación de riqueza a nivel corporativo viene de las compañías que comandan las ideas, no de las que fabrican cosas”, escribió John H. Bryan, director ejecutivo de Sara Lee. Así, el capital ha debido privatizar todas las ideas, y mientras la producción de bienes está físicamente segmentada y distribuida por el planeta los conocimientos se encuentran centralizados en las megaempresas globales en forma de know how, de patentes, de franquicias. Pero, además, las ideas cotizan en la bolsa, pues ahí es donde está el verdadero negocio: por cada dólar que se mueve en el comercio hay cien en la especulación financiera. Y en el mundo virtual de la economía ficción, donde los bits suplantan a las cosas, el juego en el que se apuesta es el de la información.

El valor de cambio de la especulación bursátil son los datos privilegiados, exclusivos, reservados. Y si la forma de ganar dinero es saber aquello que los demás ignoran —o cuando menos saberlo antes—, ¿por qué no pasar de ocultar información a falsearla, de la secrecía a la mentira? El de la globalización es un “capitalismo tramposo”, ha dicho Soros. Una vez más tiene razón. Y frente a un capitalismo contrahecho y vicioso es necesario restituir la preeminencia de los acuerdos sociales sobre la máquina productiva, es forzoso restablecer una economía moral.

Pero la nueva Arcadia no puede ser como el viejo socialismo. No puede concebirse como un modelo universal por construir en todas partes a fuerza de ingeniería societaria. Podrá haber principios, criterios o valores más o menos universales, pero no planos arquitectónicos y cálculos estructurales que todas las colectividades deban compartir a la hora de edificar la nueva morada. Así como alabamos el pluralismo, valoramos la alternancia y nos fascinan el jazz, la música aleatoria y los juegos electrónicos de opción, así deberemos abandonar utopías unánimes y admitir múltiples proyectos de futuro. No un orden absoluto y definitivo. El hombre de hierro sino mundos colindantes, entreverados, sobrepuestos, paralelos, sucesivos, alternantes…

Tampoco sirven las dichas postergadas y los paraísos prometidos. Necesitamos proyectos que fertilicen el presente, lazos tendidos al futuro que le den sentido al aquí y al ahora. No nebulosos puntos de llegada sino imaginarios en permanente construcción. Porque en el nuevo mundo policéntrico y topológico no es verdad que todos los caminos conducen a Roma. Para empezar, porque hay muchas Romas y quizá porque en verdad Roma son los caminos.

Rounded image

Armando Bartra

Tiene Estudios en Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México. Fue Profesor en la Facultad de Economía, UNAM, Licenciatura en Economía, de 1973 a 1980. Profesor en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, Licenciatura en Antropología Social, de 1977 a 1982. Profesor en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, Maestría en Antropología Social, “Estudios Agrarios”, de 1990 a 1994.

Fue Director del Instituto de Estudios para el Desarrollo Rural Maya, A.C., de 1983 a 2007. Es Profesor-investigador, UAM-Xochimilco, marzo de 2007 a la fecha en la Licenciatura en Sociología y el Posgrado en Desarrollo Rural. En 2011, recibió el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Nacional de Córdoba, en Argentina.

Entre sus libros más recientes se encuentran: La utopía posible; Campesindios. Aproximaciones a los campesinos de un continente colonizado (Bolivia, CIDES-Universidad Mayor de San Andrés, 2010); Tomarse la libertad. La dialéctica en cuestión (México, Itaca, 2010); El hombre de hierro. Límites sociales y naturales del capital (México, DCSH, UAM-Xochimilco, 2008); El capital en su laberinto. De la renta de la tierra a la renta de la vida (México, Itaca y UACM, 2006).