Retos de hombres y mujeres al inicio del siglo del milenio

Vencer miedos desmontando mitos y estructuras sociales

Marcela Lagarde y de los Ríos
Publicado en Octubre 2018 en La Migraña 28
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Pienso que uno de los retos más importantes para las mujeres y los hombres es el del tiempo.

¿Será posible que nos transformemos tanto como para hacer del siglo XXI nuestro siglo y, en lugar de ser piezas de museo, objetos de la crónica pasatista y testimonios vivas de oficio, aprendamos a ser entes de dos siglos y de dos milenios? Lo fascinante está en asimilar la hibridez temporal e integrarla, y asumir identitariamente que sí, que en efecto, nacidos en el XX y en la cuenta de los un miles, somos gente del XXI y de la cuenta de los dos miles, y que este es nuestro tiempo.

¿Qué caracteriza a las mujeres y a los hombres como seres de este milenio, y cuáles serán las señas de quienes se sientan diferentes y distantes de quienes en unos años encarnen al milenio pasado? ¿Qué somos hoy? ¿Qué dejaremos de ser y qué se mantendrá como en el subsuelo?

En su obra Año 1000, año 2000. La huella de nuestros miedos1Andrés Bello, Santiago de Chile, 1996., Georges Duby busca la huella de los miedos humanos en las cercanías del año mil, y destaca que los finiseculares de entonces tuvieron miedo a la miseria, al otro, a las epidemias, a la violencia y, desde luego, al más allá.

Las marcas que define Duby para el milenio anterior me conducen a afirmar que, diez siglos después, el miedo a la miseria se concreta en la experiencia real y generalizada de la miseria para más de cinco mil millones de personas vivas. Y me pregunto: ¿para cuántas más que han muerto a lo largo de estos mil años?

El miedo premonitorio anunciaba lo que en el milenio que ahora despedimos se ha convertido en el modo de vida predominante en la tierra. Y el milenio que ha pasado de la fe a la razón sumando a las leyes de dios las leyes del mercado, anticipó una y otra vez renaceres y progresos, tierras prometidas allende los mares o tras lomita, inventó maneras de consensar los oprobios y la expropiación universalizada de medios de vida, transfiguró el miedo y materializó la miseria.
Las tecnologías sofisticadas han hecho inmensamente flexibles los límites de la miseria entre quienes la padecen y enceguecen para quienes al verla no la miran. Con el mismo éxito han permitido legitimarse a quienes se nutren de lo que arrancan a los desposeídos.

El miedo al otro no se ha desvanecido. Expresa capacidades de recuperación e innovación de viejos miedos que se creían superados. La convivencia, la coterritorialidad y la vastedad del encuentro de gentes diferentes, han sido usadas con habilidad de orfebrería como vestimenta para enfrentar a unos pueblos contra otros y ocultar el lucro y el dominio como fines.

Pero el miedo al otro ha llegado al extremo mediante el culto al desencuentro convertido en ideologías, principios, política, guerra y fe. Filósofos decimonónicos le llamaron enajenación y la reconocieron en el aliento a la desemejanza, en el horror normativo y dogmático a quienes son diferentes, en la justificación para dañar a los otros. La enajenación contiene al sexismo, al androcentrismo, al patriarcalismo, al etnocentrismo, al racismo, al clasismo, al nacionalismo, al regionalismo y al localismo, entreverados con la misoginia, la homofobia, la lesbofobia, la heterofobia, la xenofobia y todos los sectarismos religiosos, ideológicos y políticos que les son correlativos, así como con los prejuicios que los generan y alimentan.

El extremo y el núcleo duro de este mosaico jerárquico y opresivo se conforman con el egocentrismo y la alterofobia que son la síntesis del miedo a todo otro y a toda otra distintos al yo. Para ello, precisan de una confianza desmesurada en la fantasía de la omnipotencia del yo y de la exclusiva justicia de sus intereses, aspiraciones y razones.

Este miedo al otro es la sombra, dicen voces chamánicas. Permite desconfiar, acusar, enjuiciar y colocar al otro, a la otra, en condiciones de reducirle y someterle, de oprimirle. Este miedo encierra la intolerancia a lo distinto, a lo no reconocido, a lo desvalorizado, que se reduce a la incomprensión y al rechazo.

Como experiencia, el miedo al otro implica la exaltación de estereotipos imaginarios, y el desconocimiento del otro tangible. En este milenio y por esa vía, el imaginario ha sustituido al otro. Cada quien, en su interacción con el otro y la otra, tan temidos, crea literaria y subjetivamente un fantasma que se asemeja a los monstruos y maravillas de los albores del año mil. La interposición de esa fantasía permite la reducción, el saqueo y la eliminación del otro real, de la otra verdadera.

A este respecto, Simone de Beauvoir2El segundo sexo. Obras Completas: III: 15-70. Aguilar, Madrid, 1981 (original de 1949). descorrió un velo y permitió advertir cómo las sociedades y las culturas patriarcales crean la más ignominiosa de las enajenaciones al convertir a los hombres, es decir a los varones, en el sujeto, el ser de la historia, y a las mujeres en el otro, en seres inhumanizados pertenecientes a la naturaleza. La opresión de género jerarquizó a unos y los colocó en posición de superioridad y de dominio sobre las otras, cautivas de esa relación. Esto ya ocurría hace mil años, pero en los últimos tres siglos, y sobre todo en el que despide a este segundo milenio, hemos desarrollado la conciencia de género y desde el umbral feminista hemos iniciado la deconstrucción del mundo patriarcal.

El miedo a las epidemias es el tercero de los enumerados por Duby en el año mil. En el milenio en que la humanidad ha transitado de la magia y la alquimia a la ciencia, el miedo se ha renovado con el brote permanente, inacabable, de pestes, sífilis, paludismos y fiebres de diversa etiología. Endemias y pandemias han devastado territorios y generaciones, están presentes en la despedida de este siglo. A pesar de tanta ciencia y tanta tecnología, estamos viviendo la universalización de los cánceres y la irrupción del SIDA, enfermedades en las que se deposita el miedo a la muerte como deterioro de la vida, la muerte dolorosa y trágica tras la que se esconde, agazapado, el miedo al cuerpo y a su subjetividad.

Cada mal, cada enfermedad, es solo un conducto a la vulnerabilidad y a la condición mortal de mujeres y de hombres.

Inventores de nuestros miedos, tememos más al SIDA por su conexión simbólica con lo tabuado, que al tabaquismo, al alcoholismo y a las drogadicciones. Vivimos atemorizados frente a las epidemias. Somos casi seis mil millones de fumadores y bebedores potenciales educados masivamente para asumir esas y otras adicciones, y para aceptar que se nos edulcoren los estragos de esas epidemias inducidas criminalmente.

No se identifican como males o enfermedades epidémicas las secuelas del uso obsesivo e ilimitado de sustancias que no solo enferman, crean malestar social y destrozos personales, sino que hacen real el miedo a la muerte: a través de las drogas la vida de cada quien se convierte en breve suspiro, en muerte en vida, en muerte muerte. La mayor epidemia del fin de siglo y del milenio no es pensada, vivida ni enfrentada como epidemia, pero es la más abarcadora: es el hambre, anverso y sombra de las voraces adicciones.

Hambre, guerra y violencia, tríada de muerte. Allan Sekula nombra así el perverso catálogo3Montaje fotográfico y texto mural “Guerra sin cuerpos”, exposición Face à l´histoire, Centre George Pompidou, París, 1996-1997. Catálogo publicado por Flamarion: 582-583..

Por una parte están aquellos cuerpos, muchos cuerpos, demasiados cuerpos, demasiados para mirarlos, demasiados para contarlos, como si rehusar contarlos fuera la virtud suprema de una moralidad superior, de una reacción humanista contra la cuantificación de la muerte.

Del otro lado, de “nuestro miedo”, están estos cuerpos, sujetos de una atención casi microscópica, expuestos y armados y teleguiados, sacrificables pero relativamente onerosos. Innumerables cuerpos del tercer mundo, cuerpos del mundo occidental enumerados con precisión.

En el cuarto miedo milenario señalado por Duby, reconocemos que el miedo a la violencia es cada vez más abarcador, porque hoy llamamos violencia a muchas más cosas que las que así se designaban hace mil años, y porque paso a paso se extiende una convicción contraria a recurrir a ella. Con todo, la violencia se instala en regiones diversas y distantes, en nuestras calles de noche y de día, y está también en nuestras casas, se nos presenta en la soledad y sobre todo en compañía. La violencia proviene de extraños y ajenos y también de conocidos y cercanos. Las voces antes silenciadas se han atrevido a nombrar la violencia de género contra las mujeres estimulada y requerida para mantener la dominación. Y poco a poco reconocemos también en las violencias entre los hombres, a la violencia patriarcal.

La crítica a la violencia abarca todo eso y mucho más; incluye la confrontación entre quienes dominan con violencia, quienes se defienden con ella, y quienes nos afanamos por eliminarla. Tras vivencias demoledoras, millones de personas rechazamos la violencia convocada en delirios y acciones opresoras o reivindicativas.
Nombrar la violencia deslegitima la guerra, el culto a la destrucción y a la depredación, y ha permitido temerle. Tras el holocausto y la memoria de sobrevivientes de los campos de exterminio, tras las cremaciones tumultuarias, tras los bombardeos nucleares de millones de personas y de su tierra, tras la guerra terrorista de Estado y el intento racionalizado de destruir la dignidad humana de millones, ya no podemos ignorar a dónde conduce el poder totalitario. Sabemos muy bien lo que es un mundo sin derechos humanos.

Pertenecemos al horizonte cultural de la bomba atómica. Conocemos el significado de las ciudades arrasadas en segundos y de las decenas de miles muertos en instantes. Tenemos conciencia del peligro atómico en que vivimos. A pesar de eso, quienes promueven la aceptación pasiva de la destrucción, a través de los medios de comunicación la colocan en el sitio de las experiencias fantásticas, heroicas y excitantes tanto en los ámbitos audiovisuales como en los de la virtualidad.

Más nombramos violencia a las violencias de cada día, y más y más se pretende que la aceptemos como natural. Más nos defendemos de la violencia, y más se la exalta como estímulo y camino irremediable, legítimo y deseable al éxito, al reconocimiento y a la comunión.

El miedo a la violencia es todavía escaso y discontinuo: se le teme a unas formas de violencia y se avalan y legitiman otras. Como recurso fundamental de la dominación, la violencia es hoy núcleo definitorio de la existencia frente a los otros, temibles, amenazantes, equívocos, y está en el control de las instituciones, legales y consuetudinarias, sobre los otros que critican, cuestionan, construyen alternativas.

El miedo al más allá se renueva con su rehabilitación en un duelo con el más acá, con la existencia, con el tiempo finito y con la muerte. El miedo al más allá alienta las formas de oprobio que permiten convivir con tantos miedos reales e imaginarios. Ha permitido durante todo el milenio, que cada quien confíe a intercesores mágicos la convocatoria a todas las fuerzas, y sustituya su propia trascendencia por la intermediación que manipula lo desconocido y todos los misterios, siempre nombrados, siempre ultra representados.

Todos los miedos y sus placebos encuentran su fuga, su punto de evasión, en el gran miedo: el miedo de género, el miedo que nos impide enfrentar aquí y ahora las muchas enajenaciones que nos separan del otro y de la otra, el miedo que nos narcotiza frente a todo oprobio, el miedo que nos induce a la mansedumbre, la obediencia, la sumisión, la repetición y el cinismo.
Desde la cultura feminista es posible mirar lo que no clarificó Duby: los miedos nombrados y los invisibles son compartidos por mujeres y hombres.

El miedo que recorre el milenio patriarcal es el instaurado entre mujeres y hombres.

Reúne todos los miedos que Duby definió como universales aunque son experimentados de manera específica y diferente por las mujeres y por los hombres, debido a su dimensión genérica.

Me refiero a los siguientes miedos:

  • El miedo a la miseria de género o feminización de la pobreza que se expande por la tierra.
  • El miedo al otro mujer, experimentado por los hombres y las mujeres patriarcales.
  • El miedo al otro hombre dominador, que vivimos todas las mujeres y los hombres que han estado sometidos al patriarcalismo.
  • El miedo a la violencia de género que pretende educar, enderezar, castigar o contener a las mujeres.
  • El miedo a las sexualidades, que incluye los miedos a los cuerpos y a las epidemias sexuales.
  • El miedo al más allá, esgrimido también por los fundamentalistas patriarcales para contener aquí y ahora a las mujeres radicales que reclamamos desde el presente un milenio feminista y un cuerpo propio.

Me detengo en el miedo al otro vivido por los hombres ante otros hombres.

Las masculinidades, formas culturales contenidas en las identidades de los hombres, se organizan en torno a jerarquías y sujeciones verticales a la ley del padre, de algún dios o de algún jefe. Ser hombre para millones de hombres contemporáneos contiene los mismos bases de las masculinidades del año mil: ser hombres legítimos significa ser paradigmáticos de lo humano, ejercer poderes sobre otros y pactar con ellos la dominación a todas las mujeres; ser hombre abarca hoy un continuum que va de la creación a la depredación del mundo como formas legítimas de intervenir en la vida y trascender.

Ser hombres requiere ser propietarios del mundo y, para cada hombre, de su fragmento de mundo, de sus mujeres, de sus redes de parentesco y familiares. Ser hombre en esta tesitura significa poseer los códigos, los lenguajes y las parafernalias de las masculinidades: poseer desde la letra y las armas, hasta los sistemas con que se maneja el ciberespacio para transmitir esa invención masculina cuyos ideólogos llaman revelación, verdad o razón. A lo largo del milenio pasado, y muy especialmente hoy, ser hombre se ha plasmado en instituciones cuya encomienda es hacer que el mundo funcione como los hombres mandan.

El viejo milenio tuvo como contenido central al patriarcalismo para infinidad de las masculinidades vividas por millones de hombres que son el otro enajenado de otros hombres. No obstante, las alianzas masculinas de género son posibles aún con otros, porque todos comparten señas y códigos de identidad que traspasan lenguas, credos, edades, ideologías. Emergen como marcas paradigmáticas de sus masculinidades y de las filosofías que nombran el mundo, de las religiones que lo hacen creíble y temible a través de la fe y los panteones, y de la política que concentra todo cuanto en sus pactos los hombres refrendan entre ellos en la complicidad del dominio.

En el milenio de Hildegarda von Bingen, de Leonor de Aquitania, de Sor Juana Inés de la Cruz, de Mary Wollstoncraft, de Flora Tristán, de Henrietta Stuart Mill, de Alejandra Kollontai, de Simone de Beauvoir, Taslima Nasrim, Susan Sontag, Nawa-al-Sa´dawi, y de tantas otras ancestras y contemporáneas innumerables, las feminidades se afianzaron sobre la expropiación del ser de las mujeres lograda mediante todas las expropiaciones posibles. Y las mujeres nos rebelemos a dicha expropiación.

La principal expropiación, la del cuerpo, ha permitido construir sexualidades femeninas y subjetividades en las mujeres, centradas en ser-para-otros, apropiadas como seres-de-otros, subordinadas a otros. Diversas ideologías negaron este hecho y ocultaron la infamia y crearon los mecanismos para que las mujeres ausentes de los espacios de poder político y de sus instituciones, viesen la sujeción y la inferioridad como su propia naturaleza, el analfabetismo como una inocencia de género, la violencia de los hombres como mal humor y la culpa propia como una segunda piel.

Quizá lo más significativo del milenio y en particular del siglo que va quedando atrás, es la demostración cifrada por Simone de Beauvoir al afirmar: naturaleza no es destino, clave filosófica ineludible si de cambios culturales e históricos se trata. Frase simbólica de la revolución libertaria de las mujeres en pos de nuestra plena humanidad.

La ruptura de un orden masculino-femenino, de sentido y contenido patriarcal y mistificado como eterno y natural, marcó los últimos siglos del milenio.
Millones de mujeres no corresponden con los modelos basados en el antagonismo binario femenino-masculino. No son tradicionalmente femeninas y su condición de género se ha ampliado tanto que hoy abarca rasgos, cualidades y características simbólica e ideológicamente pertenecientes a lo masculino e incluye aspectos inéditos.

Lo más significativo de la feminidad mítica es el desmontaje del mito. Cada vez más y más mujeres desmontan el orden social, simbólico y político a través de su experiencia trastrocadora. Al deshacerse el mito se devela cuán mítico es también el fantasma de la masculinidad estereotipada. Así, en el inicio del milenio se incrementa el déficit de los hombres respecto de su propia fantasma: cada vez más hombres no son más dueños del mundo, no son más ricos, no son más poderosos, ni han trascendido sus propias miserias. Sin embargo, algo contiene todavía de realidad la condición masculina patriarcal: aún los hombres desposeídos, aún los diferentes y aún los democráticos y revolucionarios, en su mayoría, realizan su masculinidad en el reto violento a otros hombres, a la sociedad o a la cultura y a través de la dominación, en distintos grados de las mujeres.

A pesar del aumento de la violencia a las mujeres, aun cuando se extiende la pobreza de género y aun cuando no haya norma que contenga, preserve y haga vida misma los derechos humanos de las mujeres, cada vez más mujeres sintetizan habilidades, destrezas, capacidades y realizan actividades antes tabuadas y desagregadas por sexo. Las mujeres de este inicio de milenio sincretizamos experiencias históricas y cualidades imaginarias y fantásticas que patriarcalmente estaban escindidas por sexo.

La gran innovación, los cambios en las mujeres y la cultura feminista, construyen y anuncian en el fin del milenio el fin del mundo binario y antagónico de los géneros opuestos y complementarios recreado por la opresión. Y la muerte de ese mundo no es solo simbólica. Cada mujer sincrética concreta tendencias de un nuevo orden genérico. Sin embargo, la evidencia hace ver que los hombres no solo pierden atributos de sus masculinidades sin adquirir y desarrollar los atributos asignados a las feminidades, sino que además lo hacen preservando los aspectos más nocivos de las masculinidades patriarcales: la dominación como razón de ser y la dominación en el vínculo como la forma hegemónica de relación en los diversos órdenes.

Desde luego la dominación montada sobre el sexo continúa, pero ya no encuentra terreno fácil para extenderse. Hoy las mujeres dejamos de ser el otro para ser en primera persona yo y reconocer el tú, en otras mujeres y en los hombres. Desde el nosotras con poderío, enfrentamos la destrucción patriarcal de nuestra humanidad y ofrecemos al mundo una humanidad de encuentro paritario entre los géneros.

Asumirnos seres de este siglo y este milenio inaugurales y desentendernos de lo peor que hemos sido, significaría para mujeres y hombres no solo intercambiar las cualidades de género que nos han permitido hacer vivible el mundo y habitable nuestra casa, y convertirlas en universales e intercambiables, sino además desmontar lo que cada género contiene de oprobio. A la luz de esta propuesta pasará la prueba del milenio una de las concepciones más ricas de esta era: se trata del feminismo.

Así las cosas, las filosofías y la acción social y políticas condensan lo más lúcido pensado, imaginado y vivido en este tiempo. Es posible desear y vivir para hacer del próximo un milenio feminista.

Los nuevos sujetos que emergen y sus concepciones del mundo anuncian la resistencia y luego la rebelión frente a los miedos y los poderes que los crean, el neoliberalismo, la guerra terrorista y la guerra antiterrorista, la pobreza, la ignorancia y la exclusión, si logran articularse entre sí, más allá de Porto Alegre, será viable la condensación de un nuevo paradigma cultural contenido en el feminismo pero que no ha encontrado par en las cosmovisiones masculinas todavía y que depositan sus frutos en concepciones no asociadas al género, aunque parcialmente critiquen formas patriarcales de opresión como el racismo, el clasismo, el etnocentrismo.

El nuevo paradigma que se amasa en las contradicciones del pasado y del presente surgirá de la politización del reconocimiento ético de la existencia específica de cada vez más sujetos que emergen del silencio y de la invisibilidad de la dominación. Es ese el gran cambio milenario. Luce premonitorio en el tránsito al tiempo nuevo.

Vemos ya la urdimbre del paradigma que soportará el andamiaje social basado en la equivalencia entre las seres humanas y los seres humanos: es el paradigma que por primera vez propone la igualdad y la equidad no solo entre semejantes, sino entre diferentes: ni antagónicos, ni complementarios, solo diversos, y equivalentes.

El nuevo paradigma cultural contiene la reivindicación de que los miedos tan temidos pueden enfrentarse al desmontar el paradigma que los ha hecho modo vida, naturaleza, destino.

Para vencer los miedos y remontar los cautiverios en pos de los poderes necesarios e imprescindibles para la vida plena y digna, es prioritario desmontar mitos y estructuras sociales expropiadoras y depredadoras.

Del otro lado de los miedos milenarios y seculares, del otro lado del pasado, en nuestro tiempo, está la libertad.

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Marcela Lagarde y de los Ríos

Es una mujer mexicana, feminista, profesora de la Universidad Nacional Autónoma de México, presidenta de la Red Por la Vida y la Libertad de las Mujeres y ex diputada en el Congreso Federal (2003-2006). Es considerada una de las feministas contemporáneas más influyentes del país, se le atribuye el uso del término “feminicidio” para señalar los miles de asesinatos de mujeres en México, principalmente en Ciudad Juárez, Chihuahua, asimismo, resaltan sus reflexiones en torno a la sororidad, derechos humanos y democracia.
Resalta su participación como Presidenta de la Comisión Especial de Feminicidio de la Cámara de Diputados de la LIX Legislatura, así también fue redactora de la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia.

En su amplia trayectoria ha escrito innumerable cantidad de artículos como Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas, Género y feminismo. Desarrollo Humano y democracia, etnicidad, género y feminismo, Claves feministas para el poderío y la autonomía de las mujeres, Una mirada feminista en el umbral del milenio, por mencionar algunos.